Y el contador a cero

El contador siempre se ponía a cero.

Como Drew Barrimore en “50 primeras citas”.

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Hay amores que te dejan tan tonta, que el lóbulo temporal queda dañado. Deben afectar tanto, cerebralmente hablando, que algo hace cortocircuito. Y pierdes la memoria a largo plazo para poder seguir con tu día a día sin querer quemarle la bici o sin contratar a los Miami.

Y lo peor no es que no le odies porque hayas bloqueado tus pensamientos negativos, si no que encima, le quieres. Le quieres porque es tan jodidamente atractivo idiota, que no te queda más que odiarle o quererle, y amiga, odiarle sabes que te cuesta infinitamente más. Le quieres porque te vuelve loca, porque somos idiotas y nos va que nos mareen. Porque queremos príncipes que nos hagan hijos, pero nos enamoramos de gilipollas que fuman como carreteros y ven vídeos absurdos de Youtube. Le quieres porque crees que, a pesar de los pesares, él también te quiere, pero no, pero sí pero no.

Lo que yo te diga, que te dejan tonta, vamos.

Y es que hay dos tipos de amores.

El primero, es aquel que tiene un principio y un final.  Tiene una duración determinada.  Es lógico y hasta diría que sano. Empieza porque sí, todo es bonito y normal…hasta que deja de serlo, y se acaba. Y nunca más sabes nada. Y aunque te lo encuentres por la calle, le saludas como a un vecino cualquiera y tu vida sigue igual.

El segundo es aquél que te daña el lóbulo temporal, al que vamos hoy.

Es el amor interminable. Que hasta dudas que sea amor. Crees que se le parece, pero después de unos seis intentos, empiezas a planteártelo más seriamente. Pero sabes, que aunque no sea idílico ni lo que quieras realmente para tu vida, ni para que te haga niños que salgan no-traumados, lo intentarías unas seis veces más. Porque la puerta siempre se queda entornada y aunque cupiera por ella sólo un minúsculo gusano, o un rayo de luz, seguirías intentando colarte haciendo equilibrismos.

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Y es que hay amores que consisten en subidas y bajadas. Y tú, que siempre odiaste las montañas rusas, te tomas una Biodramina y te dices a ti misma “venga, valiente”, y te subes otra vez. Otra vez. Porque te has hecho tan adicta a las subidas, que ya ni reparas en lo fatal de las bajadas. Porque siempre olvidas, con la emoción de estar arriba, que luego vienen los sollozos y las tardes de Sexo en Nueva York. Y otra vez vuelta a empezar. Y a contar.

Y a contar. Y a contar. Y a contar.

Hasta que se pone a cero otra vez.

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Igual es lo que pasa con el amor de verdad. Igual el amor consiste en olvidar lo malo y quedarse con lo bueno. O igual es demasiado romántica y absurda esta teoría. O tal vez no.

Lo que sí que es verdad es que en algunos casos, no viene nada bien esa pérdida de memoria. Porque algunos, aunque tardemos en verlo, son auténticos cabrones de manual. Porque sabes tan bien como yo, que si hicieras friamente una lista de cosas buenas y otra de cosas malas, las malas ganarían en número. Aunque sí, tonta enamorada, ahora pensarás “sí, es cierto, las malas ganarían en número, pero las buenas en peso”.

Y aunque todas tus amigas te digan lo contrario, o tu madre, o tu hermana, o el cura al que te confiesas, te digan que vas por el mal camino y que una vez pase, dos también, pero seis ya es pasarse, asentirás, les darás la razón como a los locos, y darás media vuelta con tu lóbulo temporal dañado, como Lucy. Y cuando le vuelvas a ver, sabes que será como el primer día. Porque aunque esa absurdez que os une, tal vez sea algo insostenible, y convierta lo vuestro en algo imposible, sabes que algo tiembla cuando os abrazáis.

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Y aunque le borres una y mil veces de tu móvil y de tu vida, algo muy dentro, te hace creer que sirve de poco. Crees que no te queda otra que verlas venir y ver qué pasa, qué movimiento realizará ahora. Es como un rendirse, como un dejarse llevar por la marea. Porque los amores así, vicios donde los haya, se convierten en un hábito sin el que te cuesta seguir. Un mal hábito. Como los cigarros.

Pero no te desanimes (o todo lo contrario), porque estos amores interminables, al final también acaban. Aunque cueste dios y ayuda librarte de ellos, años, lustros, décadas. Porque hasta los fumadores empedernidos consiguen dejarlo algún día.

Así que…intenta ver lo bueno.

Y tómate algo para la memoria.

Será lo mejor.

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Imágenes obtenidas de Pinterest.

Escrito por

Escritora, bloguera, adicta a Pinterest y a los espaguettis. Experta en comerme la cabeza, ñoña de manual, algo impulsiva, algo romántica. Lectora empedernida, fan del maíz y la Coca-Cola. Abonada a las noches de tarta y vino. Turismóloga y Community Manager. Empecé a escribir de broma y hoy es mi pasión, mi verdadera vocación. Mi primer libro, "Corazón de fondant" ya está a la venta. Bienvenid@. ¡Gracias por quedarte!

11 comentarios sobre “Y el contador a cero

  1. Si es que hay amores que matan… que ya lo dice la canción… Pero hay que ser fuertes y renacer cual Ave Fénix… Yo me he caído unos 500 veces antes de ver el nuevo camino 😉
    Feliz miércoles guapa!

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  2. El amor es complicado, pero muchas veces somos nosotros mismos quien lo complicamos. Intentamos darle vueltas a las cosas y buscar explicaciones que no existen, solo porque no somos capaces de admitir que estamos enganchadas.

    Un saludo!!!!

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  3. Un post precioso (aunque triste, pero cierto). Supongo que todas hemos pasado por algo así, algunas más sufrido (han tropezado muchas veces en la misma piedra) y otras, por suerte, cayeron y dijeron…” pero esto que co** es?” jajaja.

    De todas formas, siempre que al final se vea la luz (tarde lo que tarde) todo en esta vida es por un fin, de todo se aprende, y para poder apreciar la primavera se debe pasar por el invierno no? o eso dicen.

    De manera que quien haya sufrido mucho por un amor así, cuando le llega el bueno lo aprecia como debe y no lo deja pasar.

    Un abrazo guapaaaaaaa!!!

    Me encanta como escribes, no me cansaré de decírtelo.

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