Mírate. Tienes trece años más pero pareces la misma. El pelo más corto que en el último post, alguna arruga que otra, dos nuevas cicatrices. Mírate. Has escuchado tres veces seguidas Cabezabajo y no sabes por qué, piensas, por qué quieres ponerla una y otra vez, por qué quieres darle cada vez más volumen. Ni idea, no tienes ni idea [tú solo averiguas las cosas cuando las escribes, eres así, siempre lo has sido]. Hoy le has copiado el rollo del outfit a Claudia, porque el otro día pensaste que iba muy guapa. Mírate. Pensabas que los vaqueros te apretarían mucho la barriga, que tendrías que desabrocharte el botón al sentarte. No. Has perdido peso porque has vaciado miedo, pero tal vez no. Piensas que sí, que es miedo [mezclado con algo, con agua, con sal, con soja no], pero yo creo que también te has quitado kilos de gente de la que no se cuenta con los dedos de las manos.
Ya no, ya no, ya no.
Ya se ha acabado Cabezabajo, dale otra vez —te lo decía por picarte, pero veo que ya le has dado—. Sé que hoy no pensabas escribir, que solo querías limpiar. Limpiar fotos viejas de post viejos, limpiar negritas y cursivas —cómo te gustaban, ¿no? demasiado—. Limpiar. Dejarlo todo listo para volver. Hace poco escribiste: mamá odiaba que la vida no estuviera limpia. Lo escribiste en un libro sobre [no puedes decir todavía qué: te descubrirían y estás concursando en unos premios que, aunque des por perdidos, te obligan a mantener el anonimato]. Cuando empezaste con el blog también querías ser anónima, ¿te acuerdas? Luego te dio igual. Te miro bebiendo de la taza naranja. La mesa está desastrada, ya no podrás sacarle más fotos —servilleta arrugada, migas—. Te miro y veo a alguien nunca se ha rendido. Me gusta ese tipo de gente. Pero no. Pero estate. Para, para, para. Mírate. ¿Eso que te asoma de los ojos qué? Espero que no sean lágrimas. Mira que en esta cafetería todavía no nos conocen. Bien. Respira. Respira, respira, respira.
¿Alguien ha visto la explosión o solo la he sentido yo?
Sé por qué la escuchas.
Últimamente ha sido un caos.
Lo sé.
Desearía hacerlo bien, hacerlo bien por una vez.
Mírate. Han pasado siete meses desde la explosión [terremoto, tsunami, a ti te gusta llamarlo tsunami. Dices: el mar se retrajo y nada volvió a su sitio. Nada, cariño, nada] y estás entera. De una pieza. Cinco meses de baja y está a punto de acabarse. Has escrito una novela de la que te sientes orgullosa porque sabes que no podría haber salido de otro modo, que ese es el modo, que esa es la historia. Siete meses y aquí estás. Sentada en un sofá naranja, Pantone Primavera, una primavera que tú sabías que llegaría [porque cuando el otoño es tan cruel y el invierno tan arduo, la primavera estalla de naranja].
Estás aquí.
Ahora hazme un favor, solo un favor:
no vuelvas a marcharte.