Seres únicos

“Ya no tengo paciencia para algunas cosas, no porque me haya vuelto arrogante, sino simplemente porque llegué a un punto de mi vida en que no me apetece perder más tiempo con aquello que me desagrada o hiere”. Meryl Streep

Siéntete guapa, pero lee nuestro artículo para estar guapa de verdad -de hecho, no eres guapa, solo te lo hacemos creer para luego negártelo a base de cosmético y sesión de belleza-. Siéntete bien con tu cuerpo, pero lee estos consejos para adelgazar y fíjate bien, que además vienen varios ejercicios que puedes hacer -que está bien que te quieras con ese físico, pero es que así estarás mejor, ya verás-.

No sigas a influencers, ten personalidad propia -pero nosotros seguiremos mandándoles productos a ellos solo, humano pardillo, para que a través de sus redes te los cuelen hasta con calzador-. Sé feminista, lucha por la igualdad, defiende tus derechos -pero mira en el siguiente link cómo ser más sexy, cómo estar más mona y ojo: sigue estas normas para conquistar a cualquier chico, que a fin de cuentas es lo que cuenta. Lo de feminista lo puedes llevar en el print de la camiseta y ya está, con eso sobra.

Disfruta de lo sencillo, ahí reside la felicidad –pero no repitas modelito ni vayas a bares de mala muerte, que las fotos no quedan igual que las que se sacan en sitios cuquis. Aquí te dejamos nuestra Wish List de sitios, zapatos, viajes y tal, que irse al pueblo y calzarse las Victoria falsas está muy bien pero… tampoco nos pasemos. Persigue tus sueños –que ya nos ocuparemos de venderte un buen curso que no te servirá de mucho, o de publicarte un libro o un disco del que nos llevaremos el 90% de beneficio, o de pedirte 5 años de experiencia a los 22 y un montón de titulaciones que solo alguien con varias vidas acumuladas puede tener (y pagar)-.

Los 30 son los nuevos 20 y los 40 los nuevos 30 -pero atenta a estos consejos para vestir acorde a tu edad y para acabar con esas arrugas incipientes-. Ser soltera ahora mola –pero a ver, hija, tampoco te lo vayas a creer del todo. ¿De verdad quieres quedarte a vestir santos?

Me bajo del mundo.

Estos son solo algunos de los ejemplos que a diario vemos y sentimos como grandísimas incongruencias. Las dos caras de la moneda. La sonrisa y la puñalada. Las mil maneras que tienen de decirnos que seamos felices con lo que somos y lo que tenemos pero al mismo tiempo nos están tratando de convencer de lo contrario. Las redes, mal utilizadas, se han convertido en ese amigo falso que empatiza contigo hasta que saca de ti lo que quiere y luego te deja tirado.

Por ello, en esta tarde que anuncia tormenta, mientras escucho canciones de las que escuchaba cuando iba al instituto, me ha dado por pensar en si algún día dejaremos de hacer caso a tanto ruido y obedeceremos a lo único que hay que seguir a ciegas: nuestro tullido y torpe corazón. ¿Sabéis cuando tenéis claro que queréis algo desde un principio pero os da por pedir opinión y al final acabáis haciendo lo que otros harían y no lo que vosotros teníais realmente en la cabeza? Esto va un poco por ese camino. ¿Por qué no acostumbramos solo a coger lo que nos interesa de un consejo, artículo o forma de vida y lo amoldamos a lo que nuestro cuerpo y alma nos piden? ¿Por qué en lugar de tratar de cambiar el mundo dejamos que el mundo se nos coma a nosotros?

El otro día vi uno de mis capítulos favoritos de Sexo en Nueva York en el que Carrie se pregunta -como ya lo hizo Julia en Pretty Woman- por qué lo malo es siempre más fácil de creer. ¿Será que nos educan en la negatividad por sistema para que siempre arrastremos ese sentimiento de inferioridad que nos impida alcanzar realmente nuestros sueños? Esto es como quien te enseña un trozo de tarta pero te dice que no puedes comer: lucha por tus sueños, pero te lo pondremos tan difícil que querrás abandonarlos antes de probarlos.

Es como enseñar a un pájaro a volar tras haberle roto las alas.

Pero ¿sabéis qué? Toda esa bazofia -por suerte- tiene menos poder sobre nosotros de lo que pensamos. Porque somos mucho más listos de lo que creemos, mucho más espabilados y muchísimo más buenos que todas esas tonterías sin sentido. Nosotros sabemos lo que realmente cuenta, solo tenemos que recordarlo un poco más a menudo.

Todos somos manipulables en algún momento de nuestra vida por culpa del miedo o la inseguridad, pero siempre acabamos resurgiendo más fuertes que nunca. Así que ignoremos todo el ruido que se genera a nuestro alrededor y quedémonos con lo bueno, con ese silencio elegido, con lo que nos haga bien únicamente y con lo que no nos maree. Porque cualquier cosa que maree no puede ser buena (en mi caso se aplica incluso a los barcos). Las cosas claras, como el agua. Todo lo que se vea turbio… adiós.

Así que menos pantallas y más amigos. Menos artículos absurdos y más libros. Menos consejos no solicitados y más cervezas. Y más pizza. Y a la mierda las dietas. En cambio, menos Wish List y más Netflix a medias. Más zapatillas manchadas de conciertos y menos Louboutin. Más viajes sin compartir a cada segundo lo que haces. Menos opinar y más hacer. Menos pensar que somos uno más y más darnos cuenta de que somos únicos. Menos criticar a los demás y más amar, joder.

A fin de cuentas, qué nos queda si no.

Y para las alas, un poco de escayola, un tiempo de reposo y… a volver a volar.

 

M.

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Ya nadie mira

Ya nunca están. Y la verdad es que ni me había fijado hasta que mi madre me preguntó por ellos. Hasta este mismo verano -y cada tarde a eso de las siete-, bajaban juntos de la mano y se sentaban justo ahí abajo, en el banco de enfrente de mi balcón. A ella le costaba andar. Él iba cargado con trastos día tras día; una silla plegable pequeña, de esas que no tienen ni respaldo, en la que ella solía apoyar las piernas hinchadas y cansadas de a saber cuántos años y calles pateadas.

Siempre. Silla, bolsa con lo que fuera que llevasen, agua, abanico y el uno al otro. Él la sostenía como cogiendo el peso de cada momento de su vida junto a ella. Con esa mirada que tiene quien sabe que eligió bien. Con esa mirada de si tú saltas, yo salto. La verdad es que nunca le vi tan de cerca como para adivinar el significado de ésta, pero sí que veía el cariño con el que la llevaba del brazo. Paso a paso. Con paciencia. Y sin saber ni cómo ni por qué, este año ya no están en ese banco. Y sin saber ni cómo ni por qué, ya nadie mira. O ya nunca miro, tal vez.

 

¿Será que estamos tan metidos en la imagen que transmitimos a los demás que ya solo nos fijamos en nosotros mismos? Al final da lo mismo lo mucho que otros intenten llamar nuestra atención, porque lo cierto es que pocas cosas nos llaman tanto la atención como nuestro puñetero reflejo en el espejo. Y todo lo que antes nos hacía abrir la boca de sorpresa, fijar la vista o soltar lagrimita, ahora tiene un promedio de duración de dos segundos con suerte, porque la mayoría de veces ni eso.

Ya no están, joder. Mi ejemplo a seguir de pareja, aunque ni les conociera, ya no está. Cada tarde les miraba, mientras acababa algún post o capítulo del libro, pensando: ojalá algún día alguien me lleve del brazo cuando camine arrastrando los pies. Por mucho que haya intentado hacerme la dura algunas veces, nunca he dejado de querer exáctamente eso. Supongo que por ello siempre ando soñando. En los sueños llegar a ese punto resulta mucho más sencillo, sin movidas, ni miedos, ni voces. Supongo que por ello siempre ando escribiendo, porque sé que entre letras todo perdura más, y lo que se queda en el tiempo -aunque acabe siendo solo por costumbre- acaba siendo eterno. Y la cuestión es que a pesar de decisiones equivocadas, piques tontos y tonterías varias, nunca he dejado de creer en esa clase de amor que, aunque transformado, nunca muere.

Y ahora, aprovechad para volver a llamarme Charlotte de Sexo en Nueva York –la cursi por excelencia-, que creo que lo empiezo a aceptar.

(Inciso: volviendo a ver la serie, he de decir que Mr Big era gilipollas y que Carrie -aunque fuera a veces- no molaba tanto. Antes de poner el grito en el cielo, volved a verla tras mucho tiempo y veréis)

 

Ahora que ya no están, solo me asomo y veo a pre-adolescentes escuchando reggeatón, cosa que me preocupa más que otra cosa. Ahora que ya no están, ese lado del banco nunca se llena. Supongo que su historia de amor ocupa un hueco que aunque imperceptible, está. Y que nadie se atreva a clavar sus posaderas sobre ella, que le tiro un cubo de agua desde arriba.

Pero hasta hace un par de días o poco más, me había acostumbrado a no mirar. Hizo falta que otra romántica me recordara que algunas historias nunca se deben olvidar.

Hay que mirar más. Alrededor. A las musarañas. A la gente (sin incomodar, vaya). Hay que mirar más allá de nuestras narices. Mirar. Pasear sin correr. Leer en voz alta. Hablar con personas que merezca la pena conocer. Hay que bajar esos absurdos y altísimos listones que nos estamos poniendo para ser felices. No somos perfectos y nunca lo seremos. Nuestro entorno no es idílico, ni mucho menos. La vida real viene sin filtros. Pero si nos dejamos de tonterías, veremos que ya somos increíbles tal y como somos. Que no necesitamos tanto, aunque pensemos que sí. Y cuando algún día decidamos mirar nuestro reflejo con buenos ojos y decirnos que joder, tampoco lo estamos haciendo tan mal, algo se romperá. Y de entre esos pedazos que caigan al suelo, recuperaremos de nuevo esa mirada.

La mirada. Esa mirada inocente. La mirada Charlotte. La mirada pura de quien sabe que todo irá bien. La que se fija en parejas de ancianos y dice que donde antes dije nunca más, ahora solo puedo decirte que te quedes otra noche más. Que te regalo lo que siempre digo que no tengo: tiempo. Que te regalo mi atención, mi cara al despertar, mis selfies de cagarme en salir guapa. Que te regalo la mirada que sale cuando una barrera cae, cuando un miedo muere, cuando ya no hacen falta tiritas, ni vendas, ni excusas. Que te regalo mis sueños y mis letras, para que, aunque sea por costumbre acabes siendo eterno.

Hay que creer. Hay que mirar.

Porque nunca se sabe qué descubriremos al fijarnos en algo

o en alguien.

 

Qué quieres que te diga

Nunca me ha gustado hablar por teléfono. Creo que soy un poco anti personas, pero a la vez no sé estar sola. Soy rara. A veces inestable. Lloro con frecuencia, con libros, pelis o canciones. Lloro cuando algo me parece injusto o cuando no sé expresar lo que me ha hecho daño. A veces pienso demasiado, sobre todo en cosas que no tienen arreglo. Sueño a todas horas y además siempre tengo sueño. Tengo sueño cuando no se ha de dormir y no puedo dormir cuando toca descansar. Me gustaría cambiar de vida cada dos meses aunque solo fuera por probar. Estudiar magisterio. Y filología inglesa. Leer una novela por semana y fundirme todas las series del mundo en un abrir y cerrar de ojos. Y ver los clásicos que tanta vergüenza me da no haber visto y que nunca quiero confesar en público.

Nunca me han gustado los concursos de la tele, salvo uno o dos contados. Ni las ecuaciones, ni el esmalte rosa, ni los coches morados. No me gustan las libretas cuadriculadas, ni las muñecas de porcelana, ni los marcos de fotos plateados. No creo en la gente que siempre está de buen humor, ni en la que no te sujeta la puerta del patio, ni en la que se mete con tu música favorita, ni en la que juzga sin tener ni idea. No creo en los rayos UVA ni en los vaqueros con rodilleras. No creo en las blogueras que solo comparten sus secretos cuando ven que otra los desvela.

TWO FOR THE ROAD, Audrey Hepburn, 1967

Pero creo en la gente auténtica, en la que no tiene miedo a ser original o a patinar tratando de hacer lo que le gusta. Creo en las personas que se caen mil veces pero que, desde el suelo, ya están pensando en cómo hacer para volver a intentarlo. Creo en la gente que te reta, que te crispa lo justo para hacerte sacar carácter y defender tu punto de vista. Creo en los que defienden lo que creen justo, a pesar de dejar de caer tan bien como quien siempre calla. Creo en la gente que grita de vez en cuando. En la que prefiere gastar dinero en cenas antes que en ropa. En la que recomienda series. En la que comparte contigo cultura de mierda, como vídeos sórdidos de Youtube. En la que está más cerca que nadie aunque no esté a tu lado. En la que no teme ser sincera y abrirte los ojos por tu bien.

Creo en “I don’t wanna miss a thing” de Aerosmith, creo en Xoel López, creo en La La Land. Creo en mandar mensajes absurdos solo para hacer reír a alguien. Creo en nuestra generación, aunque no tengan mucha fe en nosotros. Creo que la mejor red social es una mesa compartida pero también creo que las redes sociales te acercan a gente maravillosa. Creo en nosotros, lo prometo. Creo de verdad que podemos ser invencibles.

Creo en el poder curativo de un concierto. Creo en la capacidad de las personas para empezar de cero, de moverse si es que no son felices haciendo lo que hacen, de perseguir sus ilusiones, de sacar tiempo para regalar a quienes quieren. Creo en las amigas y en las hermanas como solución ante cualquier comida de cabeza. Y en los abrazos maternos como refugio ante ataques nucleares. Y en las noches de sushi. Y en el helado de tarta de queso.

Y en Mónica y Chandler.


Creo en ti. Creo en tu arte como forma de vida. Creo en tu forma de capturar momentos. Creo en tus letras. Creo en tu mirada. Creo en ti como inspiración. Creo en todas las personas que me llevaron hasta ti. Creo en “Say what you want” de Texas, en los trenes, en los cafés solos, en los videojuegos, en cruzar fronteras hasta caminando, mientras sea juntos. Creo en los peajes, mientras sean contigo.

Y en que lo más bonito de la vida se encuentra en los caminos más insospechados.

Y siento que desde que creo en nosotros, soy más feliz.

Así que me quedo así.

Poco frecuente…

(Artículo originalmente publicado en https://www.zankyou.es/p/poco-frecuente)

 

Sucede tan pocas veces que cuando pasa, ni te lo crees. Como el “que viene el lobo” de toda la vida, que de tanto escucharlo sin verlo… bah. El amor, como las estrellas fugaces pasa sólo cual pequeño milagro en medio del caos. Y si no abres bien los ojos, te lo pierdes. Suerte que ese día me había quitado las legañas. Suerte que, sin saber bien por qué lo hacía de primeras, aposté por ti, por tu camisa de cuadros azules, por tu sonrisa; no imaginaba en ese momento que esa sonrisa me llegaría a enamorar así, ni que tú me arrancarían tantas a mí. Suerte que nos vimos antes de reconocernos. Suerte que no te dejé marchar.

Pero aun así -los que os hayáis llevado más de un chasco amoroso me entenderéis- siempre hay cierto miedo. ¿De verdad está pasando esto? Si yo pensaba que nunca llegaría, que no existía tal cual había imaginado… ¿Me querrá o serán las ganas de sentar cabeza? ¿Se fijará en otra? ¿Y si algún día todo cambia? Son dudas, nubes negras que sobrevuelan siempre por encima de las cabezas de los que hemos sido o somos pringados por sistema en el amor. Y sé que puede parecer irracional, pero al final, y aunque seas feliz, no puedes evitar pensar en ese tan temido y trágico momento de “no eres tú, soy yo”.

Laure de Sagazan

Foto: Laure de Sagazan

Y es que sucede tan pocas veces, es tan poco frecuente, que cuando pasa dices para ti misma “venga, cuéntame otra historia, que esta no cuela”. Pero no, vamos a intentar que esos pensamientos tan chungos desaparezcan. Porque sí, será poco frecuente, pero está. Y respira por sí solo, y va uniendo a personas que deben estar juntas porque así debe ser, porque de algún modo, molan más juntas que separadas.

Así que no temas. El amor existe. Está en todas partes. Y ojo con ésto: cuando descubras que dentro de ti es el primer lugar donde ha de estar, serás capaz de reconocer a esa persona. A la persona. Esa que hará que quienes te hicieron daño pasen a ser simples personajes de una tragicomedia insulsa y sin sentido. Y cuando llegue ese momento, solo podrás pensar en las lágrimas innecesarias y en el tiempo perdido buscando cariño en gente incorrecta. Pero te acabarás riendo, de verdad. Porque gracias a todas esas personas, de alguna extraña forma, llegarás (o has llegado ya) a la correcta.

 La Farinera de Sant Lluís

Foto: La Farinera de Sant Lluís

Y entonces verás que a veces hay que hacer caso a los que avisan de que viene el lobo… y a esos locos que todavía creen en el amor.

Cosas que valen la pena

(Artículo publicado originalmente en https://www.zankyou.es/p/cosas-que-valen-la-pena-la-chica-de-los-jueves)

Hay muchas cosas que valen. De hecho, es indiscutible que todo tiene un precio, una etiqueta colgada por la que decidimos pagar o no. Algunas valen poco, como todo lo que nos hace felices a medias. ¿Sabéis a qué me refiero, no? Las cervezas sin alcohol, el café descafeinado, el turrón sin azúcar, la tortilla de patatas sin sal, la ensalada sin maíz, la pizza con piña (por los pelos no se ha ido al párrafo de los que no valen nada. Imaginaremos que la quitamos, y ya está), salir solo hasta después de cenar porque al día siguiente tienes que madrugar, un regalo que ya tenías, un concierto que repites pero que no llega a ser como el primero, que te corten la canción antes del final o besar sin lengua. Lo siento, no llega a morreo de verdad.

True Romance

Foto: True Romance

Algunas valen nada, que son las que nos hacen sentirnos inseguros con nosotros mismos. Por ejemplo… los complejos, los malditos y absurdos complejos. Y es un problemón, ¿eh? Todos los tenemos y no hay forma de huir de ellos. Luego tenemos las decepciones. Esas personas que se tornan decepción, que parecían una cosa y acaban siendo otra. Los que critican, los que hablan mal, los que sobran. Los males del corazón, los teléfonos que no suenan, las oportunidades que no llegan. Y las barreras. Ya sabéis de las barreras a las que me refiero: las que nos ponemos nosotros mismos, las que nos lo ponen todo tan difícil, las que dejan patente nuestra incapacidad de enfrentarnos a una vida madura y real. Son tantas cosas las que no valen nada que no cabrían aquí. Y a pesar de saber que no valen nada, les damos tanta importancia que aterra solo el hecho de pensarlo.

Por último está lo que sí vale, lo que vale mucho, lo de la etiqueta que a pesar de contener una escandalosa cifra, pagaríamos sin ningún temor a quedarnos sin dinero en el banco. Si hay algo que vale la pena es todo eso que, de tan sencillo que es,  no valoramos, pero que es lo más especial. Hablo de llegar a una estación y que te recojan con un abrazo. Hablo del paño mojado que te ponen en la frente cuando tienes fiebre, hablo de esperarse a ver una serie para poder verla contigo y de dejarte la última patata brava para ti. Hablo de cambiar los planes solo por pasar un instante a tu lado. Hablo del mensaje para saber si has llegado y de la primera llamada cuando es tu cumpleaños. Hablo de todas esas cosas que nos encogen y agrandan el corazón a cada latido tanto que acaba perdiendo su forma y se transforma en algo mejor incluso.

Ernestine et sa famille

Foto: Ernestine et sa famille

Pero si hay algo que de verdad valga, que lo valga todo, es una cosa en concreto. Para mí, tras el tiempo vivido (que no es mucho), lo más importante ya no son las moñeces temporales, las chorradas materiales o estar más o menos guapa. Todo variará, todo se moverá de sitio, todo te hará crecer. Pero nunca olvidarás aquellas personas que lo dieron todo por hacerte sonreír. Que te hagan reír, escúchame: lo vale todo.

Nunca dejes escapar a quien sueñe cada día de su vida con despertar en ti una carcajada de las grandes.

Nunca.

Mi rutina preferida

(Artículo originalmente publicado en zankyou.es)

Mi rutina de cada día pasa por despertarme queriendo morir, sabiendo que tarde o temprano tendré que ir corriendo o no llegaré. Mi rutina es haber dormido poco y mal, viendo alguna serie hasta las tantas, pensando en si los monstruos vendrán a visitarme cuando apague la luz. Mi rutina, en realidad, pasa por acordarme de ti cada noche. Y cuando el sol asoma y mi café solo inunda todo con su olor, abro Instagram por instinto, como si fuera lo que me falta para terminar de espabilarme. Y entonces, en ese instante, me olvido de mi mal humor mañanero. ¿Que por qué? Muy sencillo.

Cuando entras en ese mundo donde todo es perfecto, inevitablemente empiezas a pensar en todo lo que no tienes. En la falda, la blusa de volantes, el vestidazo que ya no te podrías poner porque te marcaría barriga, el pantalón cropped (que me enteré ayer de cómo eran, desde que no estoy en Zara soy un cero a la izquierda en moda), la sandalia de coja, el esparto, la pose, las vacaciones de película, las playas de ensueño o las oficinas que parecen sacadas de una comedia romántica americana en la que todo el mundo lleva cafés de Starbucks en la mano y habla de escribir un artículo súper importante o de cómo enfrentarse al caso de turno que le hará dar un giro en su carrera.

Ernestine et sa famille Photography

Foto: Ernestine et sa famille Photography.

También están los maquillajes perfectos, los peinados perfectos, las manicuras divinas (odio la palabra divina; si alguna vez la he usado escribiendo algún artículo de belleza, lo siento, de verdad) y tal. Yo me estoy viendo las uñas ahora mismo y me río por no llorar. Anoche intenté quitarme el esmalte azul pitufo que por alguna extraña razón decidí ponerme y creo que no se irá ni aunque me concediera un deseo el genio de la lámpara. Y lo mismo pasará cuando me intente quitar el de los pies. Ese lo doy más por perdido todavía.

Por otro lado, están los escritores que en un mes venden 20.000 copias y te lo restriegan por la cara como si te pasaran una tostada con mantequilla y mermelada con risa maligna incluida. Je. Y entonces es cuando te bajas de la vida. ¿En serio? ¿Todo eso es lo que me falta? Mi armario es un puñetero desastre, mi coche se cae a pedazos (y ahora que lo pienso no le queda gasolina), tengo un portátil enano para escribir mis casi best-sellers y ni voy a las Maldivas ni en mi oficina hay cafés de Starbucks. Ah, y mi casa tampoco parece una tienda de decoración cuqui (también odio la palabra cuqui). Pero entonces, algo reacciona, algo hace clic en mi desastrosa cabeza.

Días de vino y rosas

Foto: Días de vino y rosas.

Entonces… atent@: ni a ti ni a mi nos hace falta todo eso. Porque ¿sabes de verdad lo que no puede faltar?

Que no falte un rato para cervezas con tus amigas, ni para un café o comida con tu familia. Que no falte aunque sea un segundo al día para mirarte en el espejo y decirte… “eh guapa, ¿cómo va eso? (léase como lo diría Joey Tribbiani)”, mientras suena de fondo tu canción favorita: si es por una buena causa, te perdonaría incluso que fuera reggaeton. Y ríete. Ríete de tus defectos, que está muy bien decirlo en plan terapeuta, pero es verdad. La felicidad empieza cuando pasas del mundo y te empiezas a reír muy fuerte de ti misma. Y de todo lo establecido.

Que no falte un concierto de vez en cuando, un festival de no-postureo, un rato de gritar y de bailar arítmicamente como solo nosotras sabemos hacer. Que no falte la música, en general. Cantar en el coche, desafinar adrede, ir a karaokes. Que no pase más de una semana sin que veas a tus amigas de verdad. Menos vida virtual y más quedar cuando dices que vas a quedar.

Camera Mirage

Foto: Camera Mirage.

Que no falten los viajes con mochila, las carreteras desconocidas, los mapas manchados de café. Que no falte una tabla de quesos y un vino tinto para brindar por todos nuestros momentos patéticos; y unas croquetas, que siempre vienen bien. Que no falten los momentos de confesiones, los besos en la mejilla, las llamadas de preocupación, los whatsapps para saber si has llegado bien. Que no falten los abrazos en estaciones de tren, las miradas que se buscan hasta que ya no se pueden encontrar por más que quieran, los “ya te echo de menos” cinco minutos después.

Y que no falten, tampoco, los ratos de ilusionarnos, de empanarnos, de soñar por soñar y reencontrarnos con nuestra versión más original. Yo de eso sé mucho; de soñar, digo. Y no creáis que lo digo por decir y lo hago por hacer. Hace algún tiempo aprendí que cuanto más sueñas, más probabilidades hay de convertir tus sueños en realidad. Y en ello andamos. Y aunque no se cumpliera nada de lo esperado, os aseguro que lo mejor de todo es esa ilusión de cuando no sabes qué vendrá. Como cuando te encontré a ti. Y vaya. Qué cosas. Desde entonces, en realidad, mi rutina pasa por acordarme de ti todo el día.

Desde entonces, solo pido una cosa.

Que no me faltes tú.

Bailemos…

(Artículo publicado originalmente en zankyou.es)

Nos volvemos a encontrar, versión más moñas de mí misma. Hablo de esa versión que, mañana tras mañana, se pasaba unos cincuenta minutos subida a un autobús de camino a la facultad mirando tras la ventana cual alma atormentada escuchando canciones de Taylor Swift y girando el cuello al pasar por tiendas de trajes de novia. Hablo de esa versión que veía Un paseo para recordar al menos tres veces al año (y las tres lloraba aunque ya conociera el final más que de sobra). Hablo de esa versión que leyó la saga Crepúsculo y que soñó con que un vampiro le escribiera… “Volveré tan pronto que no tendrás tiempo de echarme de menos. Cuida de mi corazón… lo he dejado contigo.” Hablo de esa chica de pelo corto y amores platónicos de biblioteca que esperaba organizar bodas y escribir historias de amor inspiradas en verdad. En pura verdad. Porque nada inspira tanto al mundo como la verdad.

Pero esa chica creció. Creció, como le creció el pelo, la cintura y las ganas de escribir. Cambió el country cursi (y las novelas adolescentes) por indie y por Zafón. Y por tantos otros que inspiraron tanta ilusión. Pero si en algo no cambió esa versión moñas de mí misma fue en su forma de entender el amor, en sus ganas de narrar, de contar, de emocionar. Y ahora aquí estamos. Una niña con pensamientos rosas encerrada en el cuerpo curtido a base de canciones de La Casa Azul y de capítulos de Sexo en Nueva York de una casi treintañera enamorada de las letras, de la vida y de ti. ¿Ves? Estaba hablando en primera persona utilizando la tercera, en plan Aída Nízar, y ya te hablo a ti directamente. Será que últimamente solo me caben en el cerebro imágenes, textos y cálculos que tienen que ver contigo. Nuestras fotos, nuestras palabras y las restas que hago quitando los días que me quedan para verte otra vez.

KeisyandRocky

Foto: KeisyandRocky.

Si me hubieran dicho que algún día mis pájaros en la cabeza me llevarían a escribir tanto, ni me lo hubiera creído. Siempre he sido de creer poco, la verdad. Voy de soñadora y de “todo es posible” pero luego necesito que me repitan lo que estoy viviendo, lo que estoy sintiendo, lo que me están queriendo. Vivo en un “¿pero esto es de verdad?” constante. Y no paro. ¿Será el miedo a perder lo bueno que tengo lo que me obliga a no reconocerlo? Tal vez. Pero ya está bien. Pase lo que pase… hoy bailaré. Hoy bailaré escuchando a Sidonie, aunque esté sentada en la silla de mi oficina de aquí a unas horas. Me moveré lentamente. Rodilla, pie, cabeza y vuelta a empezar. Aunque piensen que me está dando un chungo o que estoy pirada. Escucharé mil veces Nuestro baile del viernes y recordaré tu cara viéndome bailar con una cerveza en una mano y la vida entera en la mirada.

¿Sabes? La chica que miraba a través de la ventana del autobús escuchando canciones cursis ya soñaba contigo. Ahora creo que todas las frases que he estado escribiendo durante estos años han sido solo para llegar hasta ti, como un camino hecho de derrotas y personas equivocadas que, a pesar de haber enseñado, jamás despertaron esta sonrisa tan sincera. En cambio tú… tú llenas cada carcajada, cada día malo, cada momento de paz o de guerra.

En cambio tú… ¿quieres bailar conmigo? Si quieres nos imaginamos que suena de fondo City of stars. Y ya está. No nos hace falta nada más.

A fin de cuentas, desde que te conozco solo escucho música aunque todo esté en silencio.

Siempre es mañana

Supongo que siempre he escrito sobre lo que me crispa, duele o agobia. O sobre lo que quiero hacer. O sobre lo que sueño, como o bebo. O sobre corazones rotos, partidos, despedazados. O sobre otros, de corazones sigo hablando, que reviven, que se ponen contentos de repente con un motivo o sin él, quién lo sabe. A quién le importa, como la canción. Qué más dará la razón si uno sonríe. A fin de cuentas, lo importante es sonreír.

Supongo que siempre he escrito sobre viajes, sobre cartas, sobre pelis. Sobre cosas que nunca pensé que viviría, sobre libros que jamás pensé que escribiría. Sobre mucho de lo que me molestaba, sobre la piedra en el zapato o la puerta que se cierra. Pero hoy, ahora de hecho, a ocho y pico de la noche con una canción que hacía mucho tiempo que no escuchaba de fondo, sólo tengo ganas de escribir sobre lo que me hace feliz. Por si algún día me toca entrar a recordarlo. Por si le sirve a alguien que haya olvidado qué es lo que le remueve por dentro.

No ha sido siempre así. Ni mucho menos. Algunas cosas son las mismas, pero otras no. Sea como sea, ahí va mi forma de cerrar este día, vestida de chándal, roja cual tomate tirada en el sofá tras hacer deporte después de una larga temporada sin hacer ni el huevo. Creo que por eso me ha entrado este arranque de sinceridad: debe ser que la sangre todavía no me fluye bien por el cuerpo y no llega al cerebro. Que no es que no sea sincera de normal, pero vaya, ya me entendéis. En los momentos de debilidad física o mental es donde el verdadero yo resurge para comerse a todo lo demás, desde monstruos hasta hadas. Todo, oye. Y no quedan ni filtros, ni orejitas, ni coronas de flores (¿a quién le queda bien eso? ¿por qué lo hacen, por qué… ?). No queda nada porque nada ha de quedar. Dicen que (al menos) dos de cada cuatro noches tienes que salir solo tú. Sin abalorios. Sin compañía. Tú.

Supongo que todo lo que me hace feliz no cabe aquí. Pero no conozco otra manera de contarlo que escribiéndolo. Desde lo pequeño hasta lo gordo (siempre me suena mal decir o escribir “lo gordo”. En fin). Bueno, fuera rollos. Hola, mundo. Empieza en esta línea todo eso que… bueno, ya sabéis.

Me hace feliz ponerme las sandalias tras el invierno. Parece una chorrada, pero es mi chorrada. Me hace feliz comprar flores aunque luego se me mustien. No comprar flores por temor a que se mueran es igual a no querer una relación por si te acaban dejando. Pues chica, ya se morirán (o ya te dejarán) pero mientras tanto… que lo alumbren todo. Me hace feliz vivir sola pero escuchar a Rosana y pensar en mi hermana. O a la Dúrcal, que le mola a mi madre de toda la vida. Y acordarme de las noches viendo realities. Sí, me los he tragado todos y no me avergüenzo. Me hace feliz saber que siempre están aunque no estén. Como quienes se van y sientes que te cuidan. Pues eso. Me hace feliz esa seguridad. Y comer maíz dulce directamente del bote y sentirme pequeña. Y ver Pretty Woman y querer una bañera como el Lago Michigan.

Me hace feliz tener mi primera lista de Spotify compartida. Saber que alguien está bajo el cielo de Madrid pensando en mis torpes saltitos con el gym virtual delante y visualizando los memes que hará con mis fotos posteriormente. Espero alguna con un “ALLUDA” y ríos de lágrimas azules con paint saliéndome de los ojos en breves momentos. Me hace feliz sentir que alguien se ríe de lo mismo que me río yo. A fin de cuentas, era lo que siempre había soñado.

A ti, te digo: Me hace feliz que no me quieras dar la vuelta. Que tal cual soy, me quieras. Eso ya es. Eso lo es todo.

Me hace feliz ese momentito de Bates Motel al día, ese café por la mañana (el primero y el segundo), la tostada con mantequilla y mermelada de frambuesa. Me hace feliz que se me ocurran un montón de ideas y tener el móvil plagado de notas chungas y cortas. Pero me hace feliz porque me anima a callar bocas: “Cuando no estás mal no salen igual las letras… ” BAH. Las letras salen tanto en momentos de felicidad como cuando estás en la mierda. Su peor momento creo que son las temporadas planas, que ni fu ni fa. Ahí si que cuesta más. Pero que no me digan que feliz una no escribe. Porque no.

Me hace feliz que cada vez seamos más las que luchamos por lo nuestro. Las que nos mosqueamos y gritamos alto que ASÍ NO. Que el feminismo no es igual al machismo. Que nunca en la vida se puede equiparar. Y que una mujer jamás debería echar tierra sobre sí misma y, sobre todo, sobre las que llevan tanto tiempo sufriendo, peleando y muriendo para que ellas puedan votar, divorciarse, trabajar o algo tan simple como conducir o llevar vaqueros. Ser feminista no es ser extremista, va por ti, amiga.

Y ni con rotulador negro vais a rebajarnos (sí, ahora va por ustedes, señores de El Corte Inglés con su FUNminist). Y me hace feliz. Porque veo que no nos callamos. Porque veo que nada nos va a parar.

Me hace feliz leer a La vecina Rubia y hace poco que descubrí a Srta Bebi y me encanta: dice verdades como puños. Me hace feliz Baluarte de Elvira Sastre y di saltos de alegría al comprar el otro día ‘¿Donde vamos a bailar esta noche?’ de Javier Aznar. Me hace feliz estar viendo en Netflix Friends repetido. Porque nada me hace más feliz que Friends aunque sea mil veces repetido. Me hace feliz saber que la semana que viene veré por primera vez a La Casa Azul en concierto. Y pronto a Aerosmith. Y no respondo ante mi posible reacción si escucho I dont wanna miss a thing en directo.

Me hace feliz ver que la gente que más quiero es feliz. Trabajar con ella a diario. Cambiar el agua juntas. Los vasos con mensajes asquerosamente positivos de buena mañana. Me hace feliz salir y que me dé el aire en la cara y saber que por fin soy libre para escribir o para empanarme o para mandarle chorradas de Yisuscrist o Cabronazi. A él. Me hace feliz mucho más de lo que cabe aquí pero… qué puedo hacer.

Me hace feliz saber que, a pesar de que no todo es de color de rosa, sin saber cómo, siempre salimos adelante. Aunque todo se ponga muy negro o se nos mueran las ganas. Siempre hay un mañana. Siempre es mañana. Y a veces hasta sale el sol. Porque siempre hay una nueva oportunidad para empezar de nuevo, para tratar de estar mejor, para quedarnos solo con lo bueno.

Y a lo malo, pues nada. Cuando surja, le dedicaré este post. Tan frescamente. Por ahora no me lo planteo. Me voy a hacer la cena.

Gracias por estar ahí siempre. La de los jueves os quiere.

Como una Gilmore

Nadie dijo que sería fácil. Qué gran frase tan poco escuchada para empezar, ¿no? Me salgo, estoy que lo tiro, vamos. El primer post casi tras un mes y empiezo así. Pero bueno… no por ser menos original es menos cierto. Nadie dijo que iba a ser fácil eso de hacerse mayor. Supongo que es como ir en bici, o escribir, o patinar o… toda esa clase de cosas que se aprenden en gerundio y a base de hostias caídas. Supongo que no por mucho posponer el momento de enfrentarte a una vida de adulta ésta deja de llegar. Siempre llega, ojo. Y cuando menos te lo esperas.

Ayer, en mi segunda tarde-noche sola en casa, sin ganas de cocinar, ni de trabajar, ni de nada más que no fuera poner y quitar fotos de las paredes con Netflix de fondo, quise ir de guay. Bajé. Compré Martini en Mercadona. Y aceitunas. Fui al chino a ver si tenía copas de Martini, pero no. Pensé “¿Pillo palillos? Bah, no, fijo que tengo”. Subo con una bolsa llena de fruta (si mi madre supiera que tras tantas peleas por no querer comer ahora compro y todo… me mataría), la botella y alguna chorrada más; el típico esmalte chillón que ni te hace falta ni nada, pero ves el color y ya sabes… nunca se tienen suficientes, y alguna tontería del mismo rollo. Pongo de fondo Varry Brava (ja-ja-ja. Qué de fondo… me monto un concierto, vaya). Y al ir a ponerme la copita, ni palillo ni nada. Acabo con tres dedos de Martini en una copa de cava con una aceituna rellena flotando cual barco a la deriva. Cierro la nevera y me cargo la huevera. “Empezamos bien, Maria del Carmen”, pienso. Con dos tragos de ese líquido infernal iba ya contenta tirando a piripi. Claro, has pillado el seco, lerda, ¿acaso no sabes leer? En fin. Quito Youtube, no sin antes acabar concierto por todo lo alto.

Aplausos tras el punto final de mi voz desgarrada y mis pasos de estrella del rock arrítmica perdida. Netflix de nuevo: Las chicas Gilmore. Y la nostalgia hace acto de presencia. ¿A quién quería engañar con el numerito de chica seria que compra fruta y bebe Martini? Soy yo, la misma pardilla de siempre que ni compra palillos y tiene que meter la mano en la copa para pescar la oliva, la que llega tarde a todas partes, la que se duerme en los laureles y cuelga pizarras con soportes de esos tipo “cuelga fácil” y a los diez minutos está en el suelo. La que oye un ruido y se mete bajo la colcha, que todos sabemos que es repelente de espectros, monstruos y asesinos. La que no puede dormir por las noches pero muere al sonar el despertador. La que se pone 5 alarmas y solo escucha la última y de milagro. El puto desastre. Sigo queriendo ser Rory y leer todos los libros de su lista. Sigo queriendo ser Lorelai y montar un hotel. Sigo bebiendo demasiado café, como ellas. Y comiendo un poco mal, aunque con lo fondona que me estoy poniendo, hoy he empezado a cenar solo verdura y poco más.

Bueno, aún no he cenado, la verdad.

Sí, he crecido, vivo sola. Y tal. Pero sigo queriendo lo mismo de siempre, sigo haciendo las mismas cosas absurdas e incoherentes de siempre, sigo manteniendo los viejos sueños, las viejas canciones, las malas costumbres. Estoy escuchando en este momento canciones del año de la picor de El Canto del loco y ni siquiera sé bien por qué. De fondo, muy fondo, Rosa de España en el programa de “buenas noches señora, buenas noches señora, hastaaaaa la vista… ” (siempre me viene a la cabeza esa canción al ver al señor B). La cena por hacer, el ordenador a nada de apagarse porque me he dejado el cargador en el trabajo. Todo lo de mañana por preparar y el móvil apagado porque se ha quedado también sin batería y no me he levantado para apurar la que le queda al PC y acabar esto. Que es un sinsentido, pero es mi sinsentido. Y cómo lo echaba de menos.

La cuestión es que creo que a veces la vida parece que no avanza, que se estanca, que se queda en un ensayo de lo que podría ser y nunca es ni llega a ser. Y cuando menos lo esperas, cambia. Todo se cambia de lugar, como si te vieras metida en un puñetero juego de las sillas en el que quien más corre antes se sienta y si no… pierde. Y vaya, aunque nadie dijo que fuera fácil ser mayor y enfrentarse a la vida sola, me siento orgullosa de la raja que tiene la huevera por mi culpa, porque estrené mi libertad con ella, con “no gires sobre mi bailando, papapapapapapapapara…. ” sonando sin parar en bucle. Obvio que los cambios aterran, a veces. Pero no hay nada como saber que tras el desorden llegará un horizonte mucho más claro, mucho más rosa, mucho más real.

No hay nada mejor que ese salto al vacío de alguien que sabe que comienza una nueva vida.

Y lo que llegue ahora, tras este mayo tan movido y especial, solo pido que venga contigo siempre en el pack. Porque gracias a ti, y me da igual que lea esto hasta el último ser de la faz de toda La Tierra, he aprendido que los cambios siempre traen consigo cosas buenas, momentos para enmarcar, fotos, canciones, planes y memes non-stop.

Así que cero miedos. Seguiré bebiendo Martini sin palillo, rompiendo cosas, avanzando, saltando, corriendo, en constante movimiento. Porque sin cambios en general, la vida no sería más que un intermedio constante, lleno de anuncios tan odiosos como repetitivos. Que nunca nos dé miedo saltar, avanzar, crecer; decir te quiero. Que nunca nos atrevamos a parar.

Porque sin cambios como el que has provocado tú, aún no sabría que hay cosas que sí existen.

Y qué suerte, joder.

Primera temporada

 

Quizá solo se trate de encontrar a quien te sigue mirando cuando tú cierras los ojos- Elvira Sastre

Poco se habla sobre lo mucho que solemos hablar de cosas que no entendemos. De pequeña me enseñaron que “siempre habla el que más tiene que callar” entre otras frases lapidarias, de esas que tanto le gustan a uno que yo me sé, como que las palabras se las lleva el viento o la tan manida “por la boca muere el pez”. ¿Será posible que hablemos tanto de todo sin tener ni idea de nada? Sí. Y tanto que sí. Porque la única forma de parecer inmunes a algo es simular que sabemos mucho sobre ello y que ni nos pillará de nuevas, ni nos dejará atontados si nos toca. ¿Un claro ejemplo? El amor. 

Años de consejos, de palabrería entre copas de vino, de conversaciones en las que lo más común es algo como esto (cabe destacar que todas o casi todas ellas incluyen un “tía”. Si no, como que no es lo mismo):

-Pasa de él, tía. (Sin más. Y te quedas tan agusto. Tras ello se hace el silencio y ya como que no sabes cómo seguir, pero alguna otra amiga te salva del trago añadiendo alguna otra perla como: “sí, sí, pasa de él, totalmente”)

-No te merece, tía. (Esta puede incluir un “es un capullo” o “inmaduro/incapaz/tullido emocional”)

-No muestres tan pronto tus sentimientos, se irá corriendo, tía. Pasa de él (bis) y ya verás como va detrás él. (habló la que a la tercera cita estaba buscando nombre para la prole… )

-No hables con… ¿pero qué haces escribiéndole tía? ¡Que alguien le quite el móvil a esta chica de una XXXX vez! (Esta casi siempre lleva detrás un “es la última vez, lo prometo. Si pasa de mi, ya le bloqueo para siempre”)

-¿Que ha hecho qué? Yo no sé cómo aguantas. Si yo fuera tú… (bla bla bla. Todas tenemos una opinión que dar a la amiga de turno, pero para nosotras mismas nunca es aplicable porque “cada relación es un caso”, claro)

-Pasa de él, tía. (Se repite tanto que merecía también el cierre de esta lista).

Años de no entender nada, de tratar de averiguar lo que llena la cabeza de los niños/chicos/hombres, de buscar respuestas a mensajes no contestados o a respuestas tipo “OK”, “Vale 😊”, “😊”, “Bien”, “Bss” o “Ya hablaremos” (¿Solo a mi me parece odioso el emoji que solo sonríe? ¿No le veis algo de falso/perverso? Vale, estoy loca). Años de preguntarnos entre todas por qué este pasa de una o por qué este deja de repente a la otra. O por qué ese del que tanto te pillaste en su día te mareó tanto para luego no querer nada. O por qué alguien puede dejar de querer como el que se cambia de camiseta de un día para otro. Años de pantallazos, de horas al teléfono, de ese mensaje que no quieres que llegue de tu amiga necesitando apoyo urgente. Años de colgarnos de memos y de ser muy memas también nosotras. Años de soñar con el chico perfecto sabiendo muy en el fondo que ni existe él, ni existe una versión perfecta de nosotras misma. Pero por soñar… que no quede.

Años de hablar por hablar, de salvarnos las unas a las otras y de tratar de entender que todo es mucho más simple de lo que parece. De emborracharnos, de despotricar, de mandar whatsapps de los que arrepentirse al día siguiente… y sobre todo, de volver a empezar.

Supongo que todo eso hace falta. Todo ese proceso tan GRRRRRR a veces (no he encontrado mejor forma de definirlo, lo siento). Todos esos rollos raros, tíos tontos y películas mentales sin pies ni cabeza. Es necesario para crecer y distinguir mejor (aunque algun@s no aprenden ni con cien años y mil palos). Pero ahora que tengo poco más de 29 y que llevo muchos “pasa de él, tía” a mis espaldas, puedo decir, a día de hoy lo que realmente pienso.

Aunque siempre hable quien más tenga que callar.

Aunque por la boca muera el pez.

Sobre todos los “jo tía”, los “espera, que seguro que contesta” y los “igual está ocupado, tía” les digo a mis diferentes “yos” del pasado y a los de mis amigas, que no hay peor engaño que el que se hace a una misma. Ni jo, ni ja, ni ya contestará, ni “es que estará ocupado”. Quien quiere está, contesta, busca tiempo entre sus mil ocupaciones para dedicártelo a ti: solo a ti. Quien te quiere o a quien le gustas, te busca, te trabaja (que cada cual entienda “te trabaja” como quiera) y te cuida. Quien quiere estar en tu vida, lucha por abrirse paso, se curra su parcela, paga su alquiler, se lleva los trastos allá donde estés aunque os separen kilómetros. Quien quiere, no se queda en el episodio piloto: te regala, como poco y si todo va bien, la primera temporada. No hay mejor momento que ese en el que entiendes que el amor, en realidad, es fácil. Porque si de primeras no es fácil… mal vamos.

Ahora creo que sé que entre mirar al pasado o enfrentarte a lo bueno que venga, siempre hay que ser valiente y apostar por quien te haga sonreír. Por quien hable de ti sin saber si tú hablarás de él. Por quien mire tus fotos como primer ritual al despertarse. Por quien te escriba. Porque me dijo un buen amigo hace muy poco, un buen amigo que también escribe, que nos merecemos a alguien que nos escriba con el mismo amor con el que nosotros lo hacemos. Tal vez sea el mejor regalo para un escritor. Tal vez.

Porque cuando chocan dos mares es imposible querer pararlo.

Es como si te atropellaran.