Armario estresado

—Tengo que escribir un libro antes de que se me olvide todo lo que he sentido. Porque pasará. Sé que pasará.

—Pues hazlo. ¿Quién te lo impide?

—No lo sé. Supongo que nadie.

POSTDOMINGO

Siempre que arreglo mi armario encuentro cosas increíbles. Monedas (he recopilado 1,75€), nóminas del año de la picor, cartas del banco, paquetes de pañuelos (sí, de esos que cuando buscas nunca tienes a mano), camisetas básicas de las que ni me acordaba y libretas. Vosotros no lo sabéis, pero tengo una cantidad escandalosa de libretas repartidas por cada rincón de mi casa. Libretas desaprovechadas, con hojas escritas a medias, con dibujitos absurdos hechos con rotuladores de colores, con corazones, con palabras sueltas y con conceptos, tan abstractos, que ni yo entiendo cuando los releo. Y además de todo eso, carpetas. La mayoría, vagan vacías por los estantes. No sé por qué acumulo tanto material de papelería si luego no lo uso, pero el caso es que lo tengo. Y hoy precisamente, al abrir una de esas libretas, he encontrado un puñado de folios que creía en la basura (por lo menos).

Sucedió un viernes de hace meses. Alguien me dijo que para escribir un libro (y más de relatos), cogiera un montón de hojas en blanco y que comenzara escribiendo una frase diferente en cada una de ellas. Una vez tuviera todas esas frases, ya podría (según él), comenzar a darle cuerpo a cada historia. Y le hice caso, pero solo con unos cinco o seis folios. Al verlos hoy me he quedado sin palabras, sobre todo al leer las frases con las que he comenzado el post. El comienzo de esta entrada no lo escribí para que formara parte del libro, no fue una frase de esas que mi imaginación generó para dar contenido: lo cierto es que formó parte de una conversación, aunque si os digo la verdad, no recuerdo ni en qué momento ni con qué persona fue. Y hoy, al releerlo, un escalofrío ha recorrido todo mi cuerpo, desde las uñas de los pies hasta los pelos del flequillo.

Sabía que pasaría lo que ha terminado sucediendo. Al final todo se olvida. Sigues tu vida, haces tus cosas, cambias tus rutinas. Todo se olvida hasta que ordenas el armario. Entonces, entre los céntimos caídos de los bolsillos y las revistas viejas que no sabes ni para qué sigues conservando, recoges instantes, recuerdos, momentos.

Pero aunque chocarte con un montón de folios llenos de amor te abre de lleno el corazón, una vez cierras el armario, todo se vuelve a acabar.

POSTDOMIN1

Cuando cierras el armario, todo vuelve al presente. Ordenas papeles, ropa, trastos viejos, maletas, bolsos, mochilas. Ordenas todo lo que se puede ordenar para que el caos del desorden no pueda con tu vida. Ordenas todo. Limpias la madera, pasas el trapo, abrillantas, perfumas y cierras. Y abres de nuevo para ver lo bien que te ha quedado, lo bonito que lo has dejado. Tu vida vuelve a ser calma cuando cierras las tareas que tienes pendientes. Y te sientas en tu silla, en tu rincón del salón, satisfecho con la labor realizada. Y te echas tú también un poco de perfume, a ver si aunque sea por un momento, también pareces diferente, otro, mejor.

Pero en el fondo, sabes que te falta algo. En el fondo, echas de menos el desorden.


Porque al final, lo que cuenta no es tenerlo todo a mano, tenerlo todo separado por color, forma o uso. No importa si tienes los calcetines mezclados con los sujetadores o los pijamas con las camisetas de salir por la noche. No importa lo más mínimo si tienes las zapatillas en su sitio o debajo de la cama. Nada. Nada. Nada. Porque lo que realmente importa son esas hojas, eso que, pasado el tiempo, te encuentras tirado en el armario como si careciera de valor, cuando es precisamente lo opuesto. Lo que cuenta son esas cartas que escribes y que nunca llegas a entregar, esos minutos de caos, de pasión, de no poder más con lo que sientes, de no poder aguantarte más. Lo que importa no es que estés una maldita tarde de domingo separando tus prendas, lo que de verdad cuenta es que tengas más líneas que ocupar, más, más, más. Que lo vuelvas a plagar todo de desorden, que dejes de ser tan meticuloso, tan precavido, tan cobarde, tan idiota.

Y que lo vuelvas a dejar todo hecho un asco.

Porque la vida, sin desorden, no es más que una oficina de lunes por la mañana.

La vida, sin desorden, es un café descafeinado, un sábado en casa, una primavera sin lluvia. Sin desorden, la vida es un contínuo anuncio de detergente, un intermedio eterno, una mísera moneda caída de un bolsillo, unos auriculares que se estropean en el momento más soporífero de un viaje en tren. Sin desorden, todo es gris, todo son sonrisas de esas de fingir, canciones de esas de no cantar (ya ni pensemos en bailar), besos de esos que se dan por dar, sin saber si la tierra tiembla o si la tormenta llega. Besos de rellenar por rellenar. Calma, tranquilidad, armarios separados por sentimientos. Aburrimiento.

La vida sin desorden es solo respirar.

La vida sin tener notas que escribir,

es solo

estar.

POSTDOMING3

M.

Escrito por

Escritora, bloguera, adicta a Pinterest y a los espaguettis. Experta en comerme la cabeza, ñoña de manual, algo impulsiva, algo romántica. Lectora empedernida, fan del maíz y la Coca-Cola. Abonada a las noches de tarta y vino. Turismóloga y Community Manager. Empecé a escribir de broma y hoy es mi pasión, mi verdadera vocación. Mi primer libro, "Corazón de fondant" ya está a la venta. Bienvenid@. ¡Gracias por quedarte!

3 comentarios sobre “Armario estresado

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