Algo

El otro día vi en el metro a la chica más triste del planeta. Bajé al andén. Eran las diez de la noche. Y allí estaba ella. Me sorprendió que no se escondiera, que no se tapara la cara con las manos, que no se frotara los ojos. Nada. Estaba de pie, apoyada en la pared, un poco ladeada. Tenía las facciones apagadas, la mirada caída, el pelo lacio vagando sin rumbo fijo, sin forma, sin destino. Supongo que como ella en ese momento. Las lágrimas empezaron a asomar. Lento. Primero una. Luego otra. Luego otra. Cualquier otra persona se habría puesto las gafas de sol, aun siendo ridículo, porque resulta mucho más llamativo y acaba atrayendo un montón de miradas que se preguntan qué hay tras los cristales, qué problema yace, qué clase de desamor, qué tipo de dolor.

La miré. Estuve a cuatro pasos de preguntarle qué le pasaba. Paré. Respiré. Enseguida pensé que quién era yo para parar ese momento tan profundo, para romper ese silencio tan conmovedor. Pero su cara cada vez transmitía más y más pena, aunque ya no caían lágrimas. Avancé dos pasos más. Tenía preparada una pregunta por si el miedo y la vergüenza me abandonaban: Perdona, ¿qué te pasa? ¿Necesitas algo? Pero en ese preciso momento de valentía fingida, llegó el tren. Y con él, mi alivio por no tener que enfrentarme, una vez más, a la cruda realidad. Una vez más, sentí tranquilidad al desviar la mirada, al ponerme la almohada para no ver la escena triste, al juntar las pestañas para no sentir terror. Respiré. Y subí al vagón.

POSTMARZO

Encendí el Kindle. Comencé a revisar algunas de las páginas de mi propio libro, buscando el fallo, buscando la tecla y la tara. Miré alrededor. Caras sin nada. Caras muertas, lo juro. Caras que, aun sin llorar, reflejaban mucho más malestar que el que exteriorizaba la chica de antes. ¿Qué pasa con todas esas caras? No se derrumban, no tiemblan, no sollozan. Mantienen la frialdad, se cobijan en pantallas táctiles como si fueran una armadura, acostumbran al ojo ajeno a ese rictus de amargura, de aburrimiento, de falta de abrazos. Miran los zapatos de quien se sienta delante. Leen con disimulo lo que lee el de al lado. Abren el oído adivinando las notas que escuchará quien está detrás. Siempre serios. Inmóviles. Mirando al vacío de un abismo plagado de promesas sin cumplir, de sueños que murieron con el primer sueldo, de amores que nunca fueron. Desde esa noche suelo fijarme bastante en la gente que tengo cerca cuando vuelvo del trabajo a casa. Por la mañana es distinto.  La hora punta tras el madrugón es muy diferente.  Pero por la noche es otro cantar. Por la noche, el cansancio y la melancolía se apoderan de todos los habitantes del metro. Pueden ir juntos o separados (cansancio y melancolía, me refiero), pero rara es la vez en la que no aparezcan en alguna de sus formas. Con cansancio no solo me refiero a agotamiento físico. Con melancolía no solo me refiero a pena. Existen muchas formas de cansancio, al igual que existen muchas formas de melancolía.

Y a esas horas de la noche, por mucho que esa fachada tiesa de cara normal de persona normal trate de mantenerse firme, todo aflora con mucha más facilidad que durante el día. Porque cuando se encienden las farolas, las penas se iluminan.

Y últimamente me pregunto por qué lo raro sigue siendo ver a alguien llorar, cuando es la reacción normal ante la tristeza. ¿Por qué me sorprende ver a una chica en esas condiciones y no me preocupa el clima de infelicidad generalizada que se respira cada día en cualquier lugar y a toda hora? Y me pregunto qué será peor, si que te vean llorar o morirte por dentro.

 

POST MARZO

Me pregunto si debí mostrarle mi empatía a aquella chica. Me pregunto si debí preguntarle si necesitaba algo, aunque solo fuera un pañuelo o una botella de agua.

Necesitar algo. Reconocer que necesitamos algo es admitir, de otro modo, que tal vez necesitemos ayuda. Necesitar algo, decir en voz alta lo que nos gustaría tener o lo que nos hace falta, es mostrar debilidad.

No siempre sabemos lo que necesitamos. Ni lo que queremos. Como cuando sabemos que nos apetece algo, pero no sabemos decir bien qué es. Si agua o zumo. Si blanco o negro. Como cuando estamos diez minutos dudando sobre qué plato pedir y al final decimos lo primero que se nos pasa por la cabeza cuando viene el camarero. Como cuando salimos con alguien que no llega a. Que le falta tal. Muchas veces decimos que nos falta algo. Ese algo, que tan general suena, la mayoría de veces tiene un nombre, un apellido, una dirección. La mayoría de veces tiene un motivo, un porqué, una razón que sabemos de sobra. Pero reconocer que nos falta algo, que necesitamos más a un alguien que a un algo, que tal vez sepamos que nuestra cara de perro ya roza lo crónico, y que igual nos vendría bien llorar en lugar de juzgar las lágrimas ajenas, nos hace de cristal. Y digo yo… ¿Qué más da?

No somos piedra. No somos hierro. No somos hormigón. No somos diamantes. O bueno, eso tal vez sí…

Somos diamantes. En bruto, eso sí. Diamantes que necesitan algo. Que siempre sienten algo. Que siempre se preocupan por algo. Que siempre esperan algo. Que siempre desean algo. Que siempre sueñan con alguien.

 Este post va dedicado a ti, chica desconocida del metro.  Por no taparte la cara. Por demostrarme que es mejor estar jodida que muerta, por recordarme que las emociones, aunque a veces duelan, son necesarias.  Por hacerme ver que estallar de la pena no te hace débil, te hace humana. Y que llorar en un andén no es patético, es normal. Porque los corazones no deciden dónde romperse, las malas noticias no se esperan a que llegues a casa, los contratiempos negativos nunca avisan, nunca. Así que te lo dedico a ti, seas quien seas. Espero que ese algo que causó tu tristeza, haya cesado. Espero que si necesitabas algo, alguien te lo haya dado, o tú lo hayas encontrado.

Y a ti que lees, ¿necesitas algo?

Si quieres empiezo yo a decirte lo que necesito.

Pero no.

Mejor déjame que guarde algo para mí.

En cambio, te diré lo que sí te diría, que nunca es igual a lo que escribiría. Te diría que necesito un viaje, un masaje, una visita a la peluquería, una tarde de compras, una tarta con chocolate, una sesión de películas, un día entero con el pijama, paz, tranquilidad, calma. Tiempo.

POST VIERNES

Y ahora piensa en qué me dirías tú y en qué callarías. Eso, eso que no me dirías, busca ese algo.

M.

Escrito por

Escritora novata, bloguera, adicta a Pinterest y a los espaguettis. Experta en comerme la cabeza, ñoña de manual, algo impulsiva, algo romántica. Lectora empedernida, fan del maíz y la Coca-Cola. Abonada a las noches de tarta y vino. Turismóloga y Community Manager. Empecé a escribir de broma y hoy es mi pasión, mi verdadera vocación. Mi primer libro, "Corazón de fondant" ya está a la venta. Bienvenid@. ¡Gracias por quedarte!

11 comentarios sobre “Algo

  1. El conformismo nos hace esclavos de una sociedad que nos oprime hasta tal punto que las emociones pasan a un segundo plano. Desde siempre nos han enseñado que llorar es malo, de ahí el impulso de escondernos. Llorar nos libera de lo que nos hace daño y olé por la chica del metro por recordarnos que somos humanos.
    Un beso.

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  2. Necesito sentir mucha más alegría en esas caras derrotadas que tanto abundan, y lo peor no es que estén derrotadas, sino que les dé igual estarlo. Necesito inconformismo, contestación, solidaridad, ganas de mojarse por construir un mundo mejor. Ardua tarea, sin duda. Una quimera si depende de esas caras impermeables.
    Un abrazo.

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