Tócala otra vez, Jude.

Él era un piano de fondo en las tardes de invierno.

Un olor a café entrando por la ventana.

Una barba llena de lana azul.

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Una  chaqueta gris de punto llena de bolas y rotos, de esas que me gusta llevar a mí para estar por casa, de esas que parece que hasta vayan a raspar de lo hechas polvo que están, o incluso a contagiar enfermedades, o como poco pulgas y piojos.

Lo cierto es que a veces me avergüenzo tanto de mi ropa de estar por casa, que hasta llego al punto de no abrir la puerta ni al cartero por temor a que alguien pueda descubrir mi yo hortera.  Me avergüenzo de mis calcetines desparejados. De mis batines sin cinturón. De mis ganchos, gomas y diademas de colegiala que se quedó atrapada en los años noventa, esos fatídicos años en los que quien más y quien menos ha llevado turbantes, rayas al medio con mechones planchados a conciencia, y otros cuantos peinados y complementos que bien podrían arder en el infierno. Junto con mis calcetines. Ah, y mis pijamas de franela multicolor. Auténticos disfraces.  ¿Os acordáis de Punkie Brewster? Pues bien, yo soy peor, mucho peor.

Y él también era peor que eso, o no, a quién quiero engañar, no hay nadie peor que yo. Y además, él encima partía de una buena base: le quedaba bien hasta una batamanta. Hasta un saco de patatas, hasta una maceta en la cabeza. Porque era irresistiblemente guapo. O tal vez era guapo a secas, o simplemente atractivo…vamos! Que estaba bueno!  De buen ver, dejémoslo ahí.

A mí me gustaba llamarle Jude, por Jude Law, cuando no sabía su nombre. Que no es que se pareciera en exceso, tal vez en el color de pelo, o en las grandes gafas de pasta que éste usa en algunas de sus pelis. Lo demás se limitaba más que a un aire, a una lejana y ligera ráfaga de viento. Pero aún así, yo le imaginaba haciendo “el señor servilleta”  junto a una taza de chocolate caliente con nubecitas.

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Cuando aún era Jude, tenía el encanto que tienen los amores platónicos, todo lo perfecto que pueda guardar la potente imaginación de una chica  de 20 años.  Aquella fue la gran época de los amores platónicos. Los de la biblioteca, los del metro, los vecinos misteriosos, y otros cuantos reunidos a través de varios momentos, lugares y amig@s. Porque tod@s, repito T-O-D-A-S (y T-O-D-O-S) hemos tenido uno de esos amores platónicos. Porque son divertidos. Porque nunca te fallan (ya que no existen realmente). Porque te motivan a iniciar cada mañana entre bostezo y bostezo.

Porque son pura adrenalina,

Y éste era uno de esos.

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 -Pero…¿sabes cómo se llama?

-Ni idea…para mi es “la chica mona del piso de arriba”

-¿Y…?

-Pues eso…poco más. La oigo salir corriendo de casa, cada día, canturreando, como un relámpago bajando las escaleras. Algunas veces oigo como canta en la ducha…la pobre canta fatal, pero al menos le pone ganas! Eso es bueno, ¿no? Y además siempre sonríe. Eso también es bueno, sonreír siempre es bueno.

-Pues ya sabes, invéntate algo y ve a por ella.

Y él se rascó la barbilla y miró al infinito pensando en los pros y los contras.

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 Y pasaron días.

Años.

Siglos.

Milenios.

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 Hasta aquella noche.

Hasta aquella botella de Lambrusco. Hasta aquel cuadro en medio de la nada con aquella nota en papel de pentagrama.

Así empezó todo.

Era invierno. Él tomaba café en una taza de Ikea. Yo llevaba uno de esos pijamas de Mickey Mouse tan poco acordes con mi edad. Y encima una de esas chaquetas, las de las bolas y los agujeros. Y cambiamos el café por el vino tinto, y nos contamos todo lo que había que contar, todo lo que cabía entre cuatro paredes y dos copas.

Y pasé a ser la envidia de las féminas del barrio. Al lado del hombre con boina y abrigo gris. El hombre que captaba momentos. El tipo extraño de las antípodas que escuchaba Jazz y ópera a horas intempestivas.

El tipo raro del tupé.

El señor N.

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  Crecimos mirándonos en ese espejo, el que ahora guardo a mi lado. Pasamos a ser inseparables, como hermanos siameses, como amores amarillos, como amigos platónicos. Éramos la mutua salvación diaria, el refugio contra guerras nucleares, las palabras necesarias y las peleas más extrañas.

Y aprendí la delicadeza de las notas de piano. Y el perfeccionismo de lo que nadie ve. Y a revelar en cuartos oscuros fotos en blanco y negro. Y a cocinar con curry y clavo.  Y a posar inmóvil pintada hasta las cejas. Y a pasear perros ajenos. Y a correr bajo la lluvia con tacones vestida de boda.

Y aprendí tanto de él que dió para más de una teoría.

Y aprendí que lo platónico se convierte en real.

Y es que aunque ya no escuche un piano de fondo mientras escribo en tardes como la de hoy, a veces aún pienso…

Tócala otra vez, Jude.

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M.

Escrito por

Escritora novata, bloguera, adicta a Pinterest y a los espaguettis. Experta en comerme la cabeza, ñoña de manual, algo impulsiva, algo romántica. Lectora empedernida, fan del maíz y la Coca-Cola. Abonada a las noches de tarta y vino. Turismóloga y Community Manager. Empecé a escribir de broma y hoy es mi pasión, mi verdadera vocación. Mi primer libro, "Corazón de fondant" ya está a la venta. Bienvenid@. ¡Gracias por quedarte!

10 comentarios sobre “Tócala otra vez, Jude.

  1. qué bonita historia, me muero por saber si es cierta o al menos basada en hechos reales, cuentameeeeeeee,,,,,,,,,,muchos besos! Me encantan los pijamas calentitos y las chaquetas del an-o la Pepa para andar por casa, tendrías que ver mis modelitos menos mal que Oysho me cambio la vida ;)))))

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