Erratas y trazos.

Fue el miércoles pasado. Dos enamoradas de la vida y de las letras en un curioso café plagado de libros y recuerdos. Yo nunca fui muy puntual. Ella sí. Supongo que cuanto te juntas con alguien puntual, algo se acaba pegando, o eso quiero creer. El caso es que llegamos antes de que empezara la función. La artista más guapa de toda la ciudad, nos había invitado a pintar. Sí. A pintar. Y a Frida, ni más ni menos. Yo, que desde el instituto no pintaba ni con brocha gorda, pintando como una entendida. Qué fuerte. Y ella igual. Las dos. As always.

En un lugar como Ubik, te sientes de todo menos común. En serio. Es uno de esos sitios en los que una se siente de otro planeta. Especial, como esas antigüedades por las que los adinerados pujan en las subastas. Diferente, como cuando estás y no estás fuera de lugar. Que no es que haga magia con simples muggles como nosotras, pero bueno, tal vez haga, por instantes, algo parecido.

Ella pidió un trozo de tarta. Yo una cerveza. Nos sentamos. Empezamos a hablar del libro. De lo fuerte que era todo. De lo que cambia la vida. De las vueltas y los tumbos. Del amor. Como siempre. De repente, alguien se acerca. Y todo cambia. Como siempre, de repente. Nada cambia poco a poco, al menos, no los cambios que cuentan de verdad. O eso pienso yo.

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De repente, él. Mentiría si dijera que recuerdo bien su aspecto. Aparentaba unos sesenta, aunque no me atrevo a hablar de esas cosas abiertamente: casi nunca acierto a ciertas edades. Pero sí, creo que tenía esa edad. No me acuerdo de su ropa, ni de los zapatos que llevaba. No sé bien si llevaba gafas. Ni si tenía poco pelo o mucho pelo. No retuve detalles. Ahora que lo pienso, me doy cuenta de lo injustos que somos los humanos: retenemos únicamente aquello que nos atrae. Si algo no nos atrae de primeras, no miramos, no vemos, no atendemos. ¿Veis? Otra de las grandes mentiras: decir que no nos fijamos en la gente por su apariencia.

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Él se acerca y habla con nosotras. Es escritor y vende textos a puño, letra y corazón, por las calles de Ruzafa y en locales como Ubik. Desprende ternura y amor por la literatura. Y vivencias, muchas vivencias. Guarda autenticidad en la voz y tierra en los puños. Huele a imprenta y a tinta, mucha tinta. Y a mar. Huele a algo parecido a lo que busco al escribir. Y creo que es injusto que gente como yo tenga una amplia plataforma para expresar sentimientos y contar cuentos, y que él no. O tal vez, una vez más, mis prejuicios me jueguen una mala pasada. Tal vez, una vez más, me sangre la lengua de tanto mordérmela. Tal vez. Tal vez él se sienta libre de verdad escribiendo, vendiendo sus letras a quien quiera leerlas. Tal vez, seguro, o tal vez, sea feliz. Seguro que es más feliz que los bloggeros que vendemos hasta a nuestra abuela por más likes. Seguro. Malditos prejuicios. ¿Quién los inventaría?

Hace unos diez minutos le he llamado (al pie del texto ponía su nombre y su teléfono) para pedirle permiso por lo que voy a hacer a continuación: escribir su texto. Ha dicho que sí. Y de nuevo he sentido que debí fijarme en sus zapatos, en su ropa, en su pelo. Que no debí quedarme en la primera capa. Que debí leer el texto delante de él y preguntarle qué le llevó a escribir “Hablando solo”. Aunque ya dicen que, a buen entendedor…ya sabéis.

Aquí. El texto.

“Hablando solo”

Andaba a tu lado hablando contigo junto al mar y te dije…”Águeda, ¿ves esa barca? Algún día la tendremos”.

Pasaron unos días.

Pasó una semana, dos semanas, tres semanas.

Pasó un mes, dos meses, tres meses.

Pasó un año, dos años, tres años.

Pasaron veinte años.

Y paso a paso, no sé si es que yo había adelantado el paso, miré hacia tu lado y no estabas.

Había barcas y yo pensé que había estado veinte años hablando solo.

15 de noviembre de 2013.

José María Muñoz.

Y se fue. Con los textos que le quedaban. Con la pasión que le sobraba. Y nosotras sentadas. Pensando, una vez más, en la vida y en sus calles. En los detalles que te cambian los días. En que algunas veces, una fotocopia encierra mucho más arte que miles y miles de seguidores. Que una fotocopia te cambia la visión de lo que haces, te obliga a escribir y a pintar. A querer creer en las personas. A querer exprimir el momento. Y respirar.

Obliga, a estas dos soñadoras, a pensar en cómo cambiar el mundo en ochenta días.

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Ochenta días. Eso necesito para cambiar el mundo que puedo cambiar, que es el que me pilla a mano, que es el mío.

Ochenta días. Para volver a pintar. Para coger un lienzo en blanco y pintarrajear hasta que se me duerma el brazo derecho. Para volver a empezar. Aunque me vuelva a equivocar escogiendo mi lugar. Aunque me vuelva a tropezar con los mismos pinceles. Aunque tenga que volver a pintar de blanco, porque haya algo sin arreglo, sin corrección posible, que me obligue a empezar. De nuevo.

Porque el arte, el arte de verdad, es un señor vendiendo sus poemas, son dos amigas pintando un cuadro, es una cerveza frente a un lienzo en blanco. Es una chica bebiendo café.

Y qué mas da que no mezcles bien los colores. Y qué mas da que no tengas ni idea de pintar. Que de hecho, no pintes más bien nada, que a veces, seas el último folio del paquete. Porque siempre, hasta ese último folio es imprescindible. Aunque creas que no. Porque también hay obras de arte que nacieron de una linea mal dibujada. También hay capas sobre capas, pinceladas equivocadas recubiertas de pintura.

Y siempre habrá alguien dispuesto a rascar bien hasta dar con tu trazado original. Siempre habrá alguien que adore tus fallos, alguien que brinde contigo y con tus meteduras de pata, alguien que se encuentre en tus erratas.

Porque también hay best-sellers que comenzaron con una errata.

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Y para ti, el hombre de los poemas, va dedicado mi día de mierda elevado al más profundo amor por la escritura, elevado al más profundo amor por la vida.

Porque si de algo estoy segura es de que los textos compartidos son geniales, pero joder, los que sólo escribes para ti son bestiales.

Y no, dudo que hablaras solo.

 

Gracias a Salir con arte por una experiencia tan genial

Gracias aTejetintas  por compartirlo conmigo.

Escrito por

Escritora, bloguera, adicta a Pinterest y a los espaguettis. Experta en comerme la cabeza, ñoña de manual, algo impulsiva, algo romántica. Lectora empedernida, fan del maíz y la Coca-Cola. Abonada a las noches de tarta y vino. Turismóloga y Community Manager. Empecé a escribir de broma y hoy es mi pasión, mi verdadera vocación. Mi primer libro, "Corazón de fondant" ya está a la venta. Bienvenid@. ¡Gracias por quedarte!

9 comentarios sobre “Erratas y trazos.

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