Debajo del meñique.

Cuando era una cría, tenía la manía de creerme todo lo que leía en las revistas (luego cogí la manía de creer todo lo que decían los chicos). Desde los típicos test de “realmente está por ti?” hasta los cotilleos sobre celebrities, pasando por los horóscopos y todo lo esotérico en general. Me encantaba. Depositaba tanta fe en esas cosas que ahora mismo me sorprende que no pueda creer ni en los fantasmas (que no necesariamente han de ser espectros).

El caso es que aún recuerdo un reportaje que leí que trataba sobre las líneas de la mano. Te enseñaba cómo leerlas y lo que significaba cada una. Creo recordar que incluso daban de regalo un libro dedicado íntegramente al tema. Y yo, que estaba ansiosa por saber qué sería de mayor, si me casaría y si tendría hijos, me las leía y releía una y otra vez buscando respuestas. Llevaba siempre un “y qué pasará?” que pesaba más que mil libros sobre mi espalda. Qué cansina era. Siempre con preguntas y con mil pensamientos cruzando a mil por hora. Qué estrés de niña.

Hoy por hoy ya no queda mucho de eso. Ya no creo en lo que leo en las revistas, ni en lo que dicen los tíos ni recuerdo cómo se leen las líneas de la mano, pero sí que hay algo, al menos una cosa, que no he olvidado: las líneas que están justo debajo de la base del meñique.

Los amores, dicen ser. Los amores de tu vida.

DIARY OF A CHAMBERMAID, Jeanne Moreau, 1964

Veréis. Hoy he soñado con una de mis líneas de la base del meñique, con la más marcada, con la que yo creía que sería la más marcada, mejor dicho.

Él. En el sueño parecía feliz. Estaba más guapo de lo que lo recordaba. Y más sonriente. Estaba más alto y tenía más pelo (“Sí que has ganado con el tiempo, no?”). Ha sido uno de esos sueños en los que, hasta bien entrado el sueño, no sabes que es un sueño. Recuerdo que he pensado “¿Otra vez tú por aquí? Venga va, no fastidies.” Pero al mismo tiempo…el mismo escalofrío inexplicable y ensordecedor. El escalofrío quita palabras y quita miedos. El escalofrío de cuando el amor. Pero quita, quita. Que ya tuve bastante.

Tuve bastante de todo. De bueno, de malo, de regular. Tuve bastante amor, pero no el suficiente. Tuve bastantes alegrías, pero no como para llenar muchas páginas. Tuve lágrimas de sobra y sonrisas de menos. Pero también tuve bonitos recuerdos, vaya que sí, cómo podría negarlo, cómo podría darles la espalda. Sí, la verdad es que sí. Tuve bastantes buenos momentos, además de verdad.

Lo cierto es que hubo bastante de todo. Sentimos bastante más de lo normal. Peleamos bastante más de lo normal. Y le quise bastante más de lo normal.

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Le quise bastante más de lo que dicen mis manos. Bastante más de lo que muestran las líneas de la base del meñique. Total, ellas ni hablan, ni sienten, ni padecen. Ellas están. Y ya está. Yo fui la que tuvo bastantes horas para pensar, la que luchó por tratar de retener en la memoria lo maravilloso que queda cuando ya no queda amor. Yo fui la que tuvo que hacer equilibrismos para no caer por cada abismo que generaban sus latidos. Nadie me avisó. Nadie, ninguna de esas líneas me advirtió.

Cuando me he despertado, la verdad es que me he sentido aliviada. Aliviada de que fuera sólo un sueño. Aliviada de que no fuera cierto. Aliviada de seguir con mi café sin sus tostadas. Porque hay que ver lo bien que se está sin sus tostadas. Hay que ver lo bien que se está sin tener sonrisas de menos. 

Pero aún así. Aún así un escalofrío.

Aún así.

De pequeña, solía fabricar una lista mental con los tiempos y las personas, con todos aquellos que darían sentido a esas marcas, a esas líneas. Con los amores que ocuparían los años y con aquel que ocuparía el resto de mis días. Lo tenía todo pensado. Pero claro, por aquel entonces no sabía de qué iba “esto de enamorarse”, y que el amor no entiende de plazos ni de listas.

De pequeña, cuando leía esas revistas y aprendía a leer el futuro (o a creer que lo leía), jamás imaginé que alguien pudiera generar tantos “aún así”. Tantos bastantes. Tantos “en fin”. Jamás pensé que el “para siempre” caducaba. Como los yogures. Qué poco me gustaban, por cierto, sobre todo los de fresa.  Y qué poco me gustaban los finales. Por eso nunca terminaba los cuentos que escribía. Por eso nunca les ponía título, porque si les ponía título, me obligaba a terminarlos. Así que todos se llamaban “Historia de.”. 

Igual tenía que haber seguido en esa línea, y no haberle puesto título a nuestro cuento. Igual así, jamás habría terminado.

O igual también. Igual habría terminado de todos modos.

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Y ahora estoy aquí, sentada en el sofá. Tocando con la mano derecha las líneas de la mano izquierda.

Cómo molestan los sueños a veces.

Cómo me gustaría, a veces, seguir viéndote bajo mi meñique.

 

M.

Escrito por

Escritora, bloguera, adicta a Pinterest y a los espaguettis. Experta en comerme la cabeza, ñoña de manual, algo impulsiva, algo romántica. Lectora empedernida, fan del maíz y la Coca-Cola. Abonada a las noches de tarta y vino. Turismóloga y Community Manager. Empecé a escribir de broma y hoy es mi pasión, mi verdadera vocación. Mi primer libro, "Corazón de fondant" ya está a la venta. Bienvenid@. ¡Gracias por quedarte!

5 comentarios sobre “Debajo del meñique.

  1. Cada vez me gusta más lo que escribes.
    Yo también he sido “pelmazo de niña”, me creía cualquier cosa de las revistas, y releía una y otra vez los horóscopos.
    Es bonito leer y saber que otra persona también siente a veces que quiso de más.
    Un beso

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  2. Yo también me lo creía todo, a veces echo de menos esa inocencia. Aun así mi “yo inocente” no ha podido evitar mirar las líneas del meñique y pensar en cierta persona al ver la más marcada, supongo que aunque cambiamos, la esencia sigue estando ahí.
    Me gusta mucho! Como siempre 🙂
    Un abrazo!

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  3. Una vez me compré la revista “bravo” porque regalaban unas cartas del tarot, empecé como una loca a echarselas a todo el mundo, incluso a mi, hasta que apareció mi “él”, me dio tanto miedo lo que decían esas cartas que las metí en el cajón para siempre y lo jodido es que tenían razón…
    Me encanta! 😉

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  4. Impresionante. No tengo palabras para este relato. Quizá por culpa de la época por la que estoy pasando ahora mismo… Quizá porque pensé que nunca me iba a pasar eso y como bien has escrito, que el “para siempre” jamás caducaba. Pero aquí estoy haciendome a la idea de que pasito a pasito puedo superar esto. Leer cosas así me viene bien porque al menos se que alguien más tiene esa línea más marcada que las restantes.

    No pares de escribir!

    Un besote!

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