Dulce introducción al caos

“El miércoles caí en las redes de Perdona si te llamo amor, y estoy más quinceañera que nunca. Me planto, quiero un amor de película o que me dejen en paz. ¡Yo mediocridades no quiero ya!”

Amén, hermana.

Así sentenció mi mejor amiga nuestra conversación de hace un par de días. Creo que desde hace unos quince años tenemos charlas del mismo estilo, lo único que va cambiando es el tiempo y el espacio (y el amor a analizar).  Siempre hay alguna jugada que comentar, algún chico que criticar y más de un consejo que dar. Consejos que, entre otras cosas, no sirven de nada. Pero bueno, hay que darlos (y escucharlos para después ignorarlos).

Su comentario me hizo pensar en qué queremos de verdad las mujeres, en qué esperamos del amor.

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No sé vosotras, pero yo llevo varios días observando por la red el incremento desmesurado de artículos que proclaman el amor saludable, el amor racional. El amor “poco emocional“, el amor “poco romántico” (¿el amor poco romántico debería venerarse?) Dan consejos y pautas para que no caigamos en los clásicos tópicos que durante siglos nos han vuelto locos, sin voluntad propia, guiados por el sentimiento kamikaze que el amor nos genera. Nos dan las claves para apartar un poco los instintos y los pájaros de la cabeza. Que está bien, que no digo que no. Todos sabemos que un amor lógico y sensato es mejor para nuestra salud mental (y física), para nuestra nevera y nuestra tarjeta de crédito (y para miles de cosas más). Hasta ahí, todo claro. Pero no es justo. Es como si quisieran preparar(nos) un amor pre-cocinado, condimentado y especiado, preparado para comer. Con sabor a plástico y a microondas. Es como si nos dijeran cómo elegir a nuestros amigos, quién nos debe caer bien y quién no. “Los diez pasos que debes seguir para socializar“. Seguro que dentro de nada, habrá alguna APP para ayudarnos a seleccionar mejor a quien nos arrimamos.

En mi opinión, es un error querer racionalizar lo irracional.

En mi opinión, todas queremos un amor de película.

Pero ya lo decían en Amêlie “son malos tiempos para los soñadores”.

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¿Acaso vamos a acabar realmente pidiendo perdón por llamar amor?

No creo, vaya. Pero la cosa está complicada.

A ver. Vayamos por partes.

Que me perdonen estos articulistas, columnistas, redactores/as, psicólogos/as y todos aquellos que hayan tratado el tema. Veréis, no les quito razón. Deberíamos amar más con la cabeza que con el corazón, o sencillamente, amar menos, o mejor. Deberíamos centrarnos y no ir detrás de imposibles, arreglar nuestras taras psicológicas y pensar detenidamente de quién nos enamoramos, qué esperamos de una pareja y qué estamos dispuestos a aportar. Deberíamos medir más y lanzarnos menos a piscinas, más todavía si están vacías. Pero es que resulta que me he cansado de tanto cinismo, de tanta palabrería y de tanta gilipollez.

En 26 años de vida no he aprendido mucho sobre el tema. No soy una eminencia ni sé exactamente de qué hablo cuando hablo (o escribo) de amor. No sé si existen de verdad las medias naranjas (o las medias langostas), ni si es cierto que el enamoramiento dura como mucho dos años. No he realizado un estudio exhaustivo, no juego con datos ni estadísticas. Ni siquiera he tenido un amor como el de “Perdona si te llamo amor” (Así que si esperáis leer algo científico o escrito desde la razón, cerrad ya la ventana).

No sé gran cosa. La verdad.

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Alguien diría “todo lo que sé del amor se cuenta tomando un café”. Para los que escribimos, el tema del café es muy recurrente. En mi caso, si tuviera que ponerme a ello con una de esas frases trascendentales que te hacen parecer interesante, creo que simplemente diría “ven, siéntate que te cuente”, con cara de circunstancias y un gato en el regazo.

O tal vez diría que “todo lo que sé del amor se cuenta escribiendo un post“.

Sí, tal vez sea lo correcto. Porque es verdad, todo, lo mucho o poco que sé del amor lo aprendí escribiendo. Sí. Escribiendo. Escribiendo dos años de vida, dos años de historia y de vino añejo. Escribiendo estupideces románticas. Lo poco, lo muy poco que sé del amor, lo aprendí cuando aparqué el coche en el portal, cuando aparqué la sensatez y los prejuicios. Fue justo cuando aprendí que el amor no se busca, se encuentra. Que el amor no se elige, si no que te elige a ti.

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Lo poco que sé del amor, ven, siéntate que te cuente, lo aprendí de unos cuantos cuadros, de unas cuantas canciones, de unos cuantos libros y de unas cuantas películas. Lo aprendí a base de manías y defectos, de tostadas y de zumo de naranja. Lo aprendí de las madrugadas y las horas bajas, de los minutos que pasan y de las cosas que te sobran cuando tienes lo que te hace falta.

Lo poco que sé del amor es que es impredecible e imprevisible. Que te da sorpresas (y sustos). Que te lleva del cielo al infierno, y del infierno a un estado de letargo difícil de superar. Que te encierra y te encoge el corazón, y te cambia los apuntes y los esquemas.  Me dí cuenta que no es el cuándo, sino el cómo. Que no es el cómo, sino el quién. Que “A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante” (Oscar Wilde).

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Lo poquísimo que sé del amor es que no entiende de pautas ni de consejos, ni de medidas ni restricciones: es pura magia e intuición. De lo poco que he aprendido, sé que no puede ser entendido sólo con la cabeza, es imposible. Así que perdonadme por criticar estos artículos sobre racionalizar lo irracional. Disculpadme por negarme a ver la realidad de las ventajas de pensar con claridad.

Así que perdonad (o no) que venere el amor de película, pero es que lo poco que sé, es que el amor es locura, es pasar de nada a todo y de todo a nada: no tiene ni pies ni cabeza.

Es, sencillamente, una dulce introducción al caos.

Y perdonad que me ponga romántica.

A fin de cuentas, tampoco sé tanto sobre el amor.

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Escrito por

Escritora novata, bloguera, adicta a Pinterest y a los espaguettis. Experta en comerme la cabeza, ñoña de manual, algo impulsiva, algo romántica. Lectora empedernida, fan del maíz y la Coca-Cola. Abonada a las noches de tarta y vino. Turismóloga y Community Manager. Empecé a escribir de broma y hoy es mi pasión, mi verdadera vocación. Mi primer libro, "Corazón de fondant" ya está a la venta. Bienvenid@. ¡Gracias por quedarte!

20 comentarios sobre “Dulce introducción al caos

  1. Como siempre brillante Jueves. En el amor pasas de no saber nada a saberlo todo. Espero que pronto encuentres a tu príncipe de cuento. Como sigas escribiendo asi, te sobrarán los pretendientes….

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  2. Ays querida… El amor. Nuestro eterno tema de conversación. ¿Te has parado a pensar lo aburridas e insulsas que serán nuestras charlas cuando encontremos el definitivo? Aún así, valdrá la pena.
    El amor de película no existe, eso a estas alturas ya lo sabemos, pero lo que sí hay es un terreno intermedio entre las ensoñaciones hollywoodienses (o FedericoMoccienses) y las historias complicadas, devastadoras y obsesivas que hacen pupita. Supongo que cuando llegas ahí ya no te hace falta ser racional, porque no hay nada que explicar ni que explicarte a ti misma. Todo funciona y ya está. puedes relajarte y bailar bajo la lluvia.

    🙂

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  3. Buah, es una entrada maravillosa, preciosa. Cada vez me gusta más leerte y encima pensamos igual en cuanto al amor. Aunque, yo tampoco sé mucho sobre él.
    ¡Un beso enorme, bonita! 🙂

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  4. Ya lo dicen en la película “El amor es lo que tiene”, que “si no estás dispuesto a hacer locuras, no mereces enamorarte”. No creo saber tanto, pero sí sé que es de todo menos racional. Abajo las revistas tontas y arriba los locos 🙂

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  5. yo creo que me podría tirar toda una tarde hablando de todo lo que se del amor. De todo lo que se que poco sirve para la vida real, aunque pueda dar (y eso me dicen) buenos consejos.
    Supongo que es parte del legado que tenemos los soñadores, escritores y empedirnamente románticos.
    Habrá que dejar de buscar y encontrar.
    Gracias por recordarme esa canción.
    Cuidate.

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  6. Bravo, bravo y bravo. ¡Me has dejado suspirando! Por ese amor de película, sin pies ni cabeza, pero con el que todas soñamos. Que por mucho que recomienden amar racionalmente, yo creo que el amor de verdad tiene una parte de locura, totalmente incontrolable, y es lo que le da emoción. Lo que hace que sintamos esas famosas mariposas en el estómago.

    Y qué sería de esas charlas con las amigas para contarnos las penas, si no fuera por el amor? Serían distintas, sin duda.

    ¡Un beso!

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  7. Tu media langosta… tienes el don de hacerme sonreir y eso que es lunes!!
    Aparte de estar muy de acuerdo con lo que dices (y de gustarme mucho cómo lo dices) quiero añadir una cosilla. Creo que llega un momento, más allá de tus 26, que te enamoras de la idea de estar enamorado. Que lo quieres y lo ansías tanto que te importa menos el con quién. Sé que suena ridículo, pero fijo que más de uno (o una) sabe de lo que le hablo.
    A mí me pasó. Y me lo echaron en cara, y no lo reconocí (por supuesto), aunque sabía que era verdad (logicamente) y al final todo se estropeó (como era normal).
    Por cierto… con media langosta y media naranja podemos hacer un buen ceviche 😉

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