Ayer le dije algo a Marta, algo que todavía no había hablado con nadie —que yo recuerde, como mucho con las chicas de La Buhardilla—.
Le dije: cuando aquel radiólogo me anunció que podía tener algo malo —que podía, que no era seguro, pero casi que sí, que me fuera haciendo a la idea—, después me senté en una cafetería con mi madre y ¿sabes qué le dije? a ver, ten en cuenta que estaba en shock, pero le dije que solo quería irme a casa a escribir y por qué narices había perdido tanto tiempo sin escribir lo que de verdad yo quería escribir. Marta me miró con ojos de Marta, de los que solo ella tiene, brillantes de amor, honestos y cálidos, no creo que nadie tenga esos ojos, por eso digo con ojos de Marta, y yo seguí: no dije que deseaba que me publicaran, no dije que me tenía que ir corriendo a postear en Instagram. No. Dije que me quería ir a escribir.
Para mí.
Ni siquiera para mí.
No sé.
Para una libreta naranja que me compré más tarde en el bazar del barrio. Sí. Yo creo que escribí para la libreta como si la libreta no fuera cosa sino persona y me entendiera. No sabría decir si escribí para mantenerme cuerda, para salvarme, para distraerme, para dejar constancia de algo terrible que, algún día, mi memoria desfiguraría —y me haría recordarlo distinto, como si su atrocidad hubiese sido más llevadera, como cuando uno recuerda al amor que peor le quiso y dice bueno, a toro pasado no fue para tanto—. Tampoco sabría decir casi nada de aquellos primeros días, porque el suelo se abrió y yo perdí el color, y no estaba como para prestar atención a nada que no fuera cuándo tocaba el siguiente médico. Pero sí sé lo que le decía a Marta, que yo no pensaba en que un editor me publicara ni en hacerme viral utilizando un gancho de esos siniestros —«unpopular opinion», «la de hate que me va a caer por esto», «me da miedo mostrarme vulnerable pero»—, que yo solo pensaba en gastarme la vida escribiendo.
Yo entro aquí y soy feliz. Entro a Instagram y no. En Instagram pierdo la confianza, me aterra que lean mis libros, que lance algo con ilusión y tener cuatro likes y, lo peor, lo que me da más pánico: que reseñen mi novela cuando la publique. Me asusta hasta decir basta que alguien, llegado el momento, diga: qué final más previsible, pues no vale el hype —a ver, el mío no tendrá hype, eso ya lo sé yo—, los secundarios no evolucionan, la protagonista es lo más plano que he leído yo en mi vida y cosas así. Porque eso pasa ahora con los libros. Millones de personas diseccionando cada frase como si cada frase tuviera que ser LA frase, como si ya no quedara lugar para el fallo ni la inexperiencia de las primeras oportunidades o como si todas las historias nacieran de la imaginación y no del alma. Porque las mías vienen de ahí, de esa masa de aire viciado que me sueña y me llora arrinconada en el cuerpo. Sobre todo esta historia, que existe porque un día existió una enfermedad. A ver quién se atreve a decir que le falta verdad o que la protagonista no sé qué.
Mi alma calienta siempre porque siempre sale. Me pega capirotazos en la frente y luego me besa justo en el mismo sitio. Me aconseja —malcarada— que me esté quietecita «tanto tocar las cosas les vas a quitar el lustre». Pero yo no puedo parar de tocarlas, porque si no las toco pienso que están mal, mal, mal, fatal, todo mal, todo fatal. Las reseñas, piensa en las reseñas. Y el alma me dejaría de hablar, yo lo sé, pero cómo escapar del influjo de las redes.
Redes.
Vaya con la casualidad.
Justo lo que podría tejer una araña.
Y yo sé que me he ido por las ramas, pero es que aquí estoy en mi casa.
Y me quejo si quiero, y doy rodeos si quiero, y todo está bien.
Igual, justo igual, que cuando estoy con Marta.
Mamen, escribe, no dejes de hacerlo y muéstralo al mundo. Da igual las reseñas u opiniones malas, es como las críticas a las personas. Si hablan de mí es porque estoy viva no? Pues algo así.
Tus fieles lectoras esperamos ansiosas un libro tuyo que seguro que no defraudará. No lo dudes.
También gracias por visibilizar y dar a conocer tu enfermedad, te apoyamos en la distancia.
un abrazo enorme,
Bea
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Me has hecho llorar con tu comentario, Bea. Millones de gracias por tus palabras, sobre todo por la última frase. Gracias a los médicos estoy bien ❤️ pero vaya mesecitos, hija. Siempre me quedará mi casa (familia) y esta casa (vosotras) para sentir que la vida es preciosa a pesar de las arañas. Un beso enorme.
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