El otoño del amor

¿Ya lo sabéis, no? Las campanas vuelven (a tocarnos las narices). Todos esos vaqueros que quemaste al acabar el instituto vuelven a llamar a tu armario. Vuelven para quedarse. “Muerte al pitillo”, eso dicen. Y no queda otra que unirte al enemigo o morir con tus vaqueros pegados cual guante de látex a la pierna. Es lo que hay. Campanas. Mangas anchas, de esas que quedan peor que una patada en el culo, sobre todo si eres de brazo corto). Boho (que no puedo evitarlo, a mí me suena a moho). Faldas estilo trapecio (que más de una ha de hacer trapecismos para que le quede bien). Culottes. Patas de elefante. Ante. Flecos en las botas. Ya sabéis, eso que me apasiona junto al leopardo: los malditos flecos.

Que dices tú: “Ya está bien, ¿no?” Y es que ese rollo cowgirl a mí no me va. Me recuerda a esa clase de señora. Ya sabéis. Esas señoras hipermorenas, rubias translúcidas, que visten de blanco en plan ibicenzo y que siempre, siempre, llevan botas cowboy o tipo indio (lo más posible es que completen el look con uno de esos bolsos capazo con purpurina o lentejuelas cosidas). Tal vez nunca hayáis visto a ninguna, pero a partir de ahora, cuando las distingáis por la calle, os acordaréis de mí.

Y eso. Señoras aparte. Lo que vuelve son los setenta. Y los sesenta. Lo hippie. “Qué guay”, pensará más de un@. Flores. Vespas. Furgonetas y picnics en el parque. Pompas de jabón y gafas de colores. Y corazones. Amor libre, revolución sexual, pelo lacio, largo, con flequillo. Tíos peludos (pero…eh! ¿no decían que iban a dejar de llevarse las barbas? Qué lío.). Y tal. Y me parece absurdo. Absurdo porque siento que es un mal momento para volver al verano del amor. Creo que estamos en un momento en el que deberíamos crear nuestra propia moda, y no tirar de archivo. ¿A nadie se le ha ocurrido? Las modas siempre surgen con las épocas de cambios. ¿Cuántos cambios más nos hacen falta para sacar de todo esto una nueva moda y dejar de repetirnos?

Porque quién se traga que alguien quiera volver al verano del amor.

Quién se traga que alguien se atreva a amar.

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Porque lo que nos va es el fingir que queremos querer, no querer en sí. Lo que nos va es hacer creer que lo que queremos es meternos en una nave del tiempo y cantar las de los Beatles subidos a una caravana plagada de colores chillones. Pero no. Lo nuestro es el fingir.

Queremos la foto sólo (y solos). Queremos puñeteros palos en lugar de comunicarnos con el de enfrente para emitir esa manida frase tan antigua, sí, esa de…“perdona, ¿nos haces una foto?”. Bah. Eso está desfasado. Porque ahora mola más hacerse un selfie poniendo morritos, junto con una frase profunda de autor desconocido (porque la mayoría de veces “olvidan” citar la fuente, entonces claro, quien no lee mucho, suele pensar que “madre de dios, qué inteligente es esta chica, qué reflexión más profunda”, pero no). Porque lo que está de moda es ser poeta, dibujanta o ilustradora. Se llevan los y las penas. Se lleva una autoestima fingida. Un positivismo fingido. Una felicidad sustentada en una base tan superficial como peligrosa.

Se lleva hacer de fotógrafo aunque no sepas ni usar la cámara del móvil. Y de organizador de eventos, aunque no mandes ni en tu propia casa. Y de blogger influyente, aunque pagues por tu público. Y tranquilo, que si nada de esto encaja contigo, no te preocupes.

¿Te han roto el corazón? Perfecto, ya puedes decir que eres escritor. Yo lo hago, ¿tú no?

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Todo esto venía por las campanas. ¿Veis? Me pone tan de los nervios que vuelvan que me pongo a divagar. Y a lo que iba, o mejor dicho, a lo que voy, es a lanzar una propuesta. Se llama el otoño del amor, y me lo acabo de inventar. ¿Que en qué consiste? Pues ahora os lo digo.

Ya que no se puede volver a llamar “verano”, porque sería copiarnos ya demasiado de la creatividad del pasado, y encima, ya se acaba el verano, valga la redundancia, nos centraremos en el otoño. El otoño es mi estación favorita, aunque eso supongo que es algo obvio. El otoño te tira las hojas muertas, poco a poco. Acaba con tus sobras para dejarte desnuda, sólo con el tronco, que a fin de cuentas en lo único imprescindible. Y hasta primavera, nada de nada. Ni florecitas, ni abejitas, ni chorraditas. Otoño limpia lo que ya no te hace falta y decora los bosques y las aceras con ello. Otoño es significativo, porque empieza curso, trabajo, metas, y todo eso que nos encanta decir que vamos a hacer y que luego no hacemos.

Y por qué esta rayada del otoño del amor. Pues veréis. Me he hartado de que seamos tan incongruentes. Pienso que si nuestros armarios se llenan de nuevo de paz y amor que, al menos, nuestras vidas también. 

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Enamórate. O inténtalo al menos. Atrévete a intentarlo, atrévete a mojarte por alguien, aunque te hiciera daño algún o alguna gilipollas en el pasado. Pon la mano en el fuego, al menos algún dedo. Y fíate un poco aunque sea, aunque sea sólo por no oírte eso de “quien no se fía no es de fiar”. Regala de nuevo un trozo de tu corazón, o entero, si estás muy segura de ello. Regala, no prestes, no alquiles. Dónalo, porque pase lo que pase, siempre sufrirás menos habiéndolo donado que habiéndote quedado con las ganas de hacerlo.

Vuelve a poner esa cara de embobada mirando a alguien. Vuelve a tener, sino, algún amor platónico, que son muy entretenidos. Enamórate del chico del metro, o el de la cafetería, o el del autobús. De quien quieras. El otoño del amor, esta cursilada consiste en eso. Consiste en dejar de ser tan infelices llorando por el pasado o rogándole al futuro. Escribamos menos poesía y salgamos a inventarla.

Enamórate. Y no sólo de un alguien, enamórate de muchas personas y de muchas cosas. Enamórate de lo que te rodea, de tu familia, aunque a veces quieras matarlos, de tus amigas, siempre. Enamórate de ti misma, pero de verdad, sin fingir. Enamórate de tus pintas de por la mañana, de tu sonrisa de sorpresa, de tus momentos patéticos. Enamórate de las cosas bonitas, que son muchas. Y no quieras compartirlo a diestro y siniestro, porque a veces es mejor guardar el secreto de la felicidad, encapsularlo y visualizarlo en horas bajas, sólo tú, como si fuera un cortometraje personalizado dedicado sólo a ti. Sólo a ti.

Y ponte música setentera y báilate algo de cara al espejo. Córtate flequillo y ponte la chupa de ante. Y sal a comprar flores porque sí y no para hacer la foto. Y comparte. Comparte momentos con quien tienes al lado, y no con tus mil followers. Comparte cenas, comidas, horas y vinos. Comparte naturalidad, que escasea. Comparte amor, por favor. Que ya me empiezo a cansar de que se esté gastando por no compartirlo.

Que ya me canso de tanta tristeza, de tanto desamor, de tanta letra.

Porque ahora que lo veo claro, sé lo que quiero.

¿Vienes conmigo?

M,

Escrito por

Escritora novata, bloguera, adicta a Pinterest y a los espaguettis. Experta en comerme la cabeza, ñoña de manual, algo impulsiva, algo romántica. Lectora empedernida, fan del maíz y la Coca-Cola. Abonada a las noches de tarta y vino. Turismóloga y Community Manager. Empecé a escribir de broma y hoy es mi pasión, mi verdadera vocación. Mi primer libro, "Corazón de fondant" ya está a la venta. Bienvenid@. ¡Gracias por quedarte!

10 comentarios sobre “El otoño del amor

  1. Yo voy contigo.
    Porque la tristeza no lleva a ningún sitio. Nos ancla a la nada, y nos va vaciando por dentro.
    Yo voy contigo a amar a todo el mundo. A repartir sonrisas, a repartir amor, a repartir alegría, pues ésta a cambio te llena de sentimientos, de gozo, de plenitud.

    Vayámonos todos a repartir amor, que es mil veces más divertido y agradecido!

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