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  • Mientras el amor vuelva a la vida

    Mientras el amor vuelva a la vida

    Jueves, 9 de octubre.

    Acaba de terminar una película cuyo título soy incapaz de recordar. Una viuda viaja a Escocia con las cenizas de su marido, por varios motivos no muy extendidos en la trama. Pero, ¿a quién le importa eso? El paisaje es lo suficientemente hermoso como para sostener una historia plana. Entre ovejas, casas reconvertidas en pensiones y títulos nobiliarios, surge el amor. Otro viudo. Para algunos escritores –personas en general–, el amor solo puede extinguirse con el fallecimiento del otro y, por supuesto, renacer de la manera más ñoña posible. A mí, mientras vuelva a la vida, como si me pilla en pijama.

    Veréis… la película no pasará a mis favoritas, pero sí que ha despertado algo entre tanta lluvia: el placer de lo sencillo, la tranquilidad del «lo que ves es lo que hay», sin cristales tintados ni sorpresas al doblar la página. Me ha recordado al cielo de opalita de Taylor Swift, ese comienzo de esperanza tras la noche de ónix. Para ella, que creció definiendo el amor como rojo –y luego dorado, y más tarde granate– al fin comprendió que, en realidad, es como una opalita, que solo refleja la luz que ya te aporta el otro. «Tienes que crear tu propia felicidad», creo que dijo. Y justo eso me recordó a Ana María Matute y a su «El mundo hay que fabricárselo uno mismo, hay que crear peldaños que te suban, que te saquen del pozo. Hay que inventar la vida porque acaba siendo verdad».

    Este mediodía, mientras hacía cola para comprar la comida, pensaba que he gastado ya demasiados siglos escribiendo con bolígrafos negros sobre personas que nunca han merecido mi amor –tan sumamente estancado en el tiempo–. Tengo nombres tachados, pasados en llamas y un futuro lleno de incógnitas. Pero también una luz cegadora, imperecedera. Y un nuevo bolígrafo que ya estoy usando en mi imaginación. No quiero complicaciones, porque sé que llegan solas. Solo aspiro a ser una princesa básica, como una camiseta blanca de manga corta, o como esa vida, tan criticada, de una showgirl.

  • Aquel vestido gris

    Aquel vestido gris

    Busco como una loca fotos de 2013 con el vestido gris. Lo tiré a la basura después de agosto de 2018. Me venía justo y me ponía triste —no por quedarme pequeño, sino por otros motivos-. Me fastidia preguntarle.

    -Es por algo que no entenderías -le digo-: una nueva obsesión, otro ritual más. Necesito verme como me veía para escribir como escribía, hazme el favor.

    En cinco minutos me la envía junto con otras tantas. Abro el resto y comprendo que, aunque una siempre caminará hacia adelante, algunos veranos ejercerán de ancla. Solo quería una.

    En ningún caso, ese montón de recuerdos.

    Anteayer compré el vestido por Vinted* en una talla más. Una talla que recoja lo mucho que he aprendido estos años. ¿No es lo que dicen? Que queda lo que maduras, que todo es para algo -no estoy de acuerdo, pero eso para otra entrada-. Yo creo que todo ese «para algo» ya no me cabe en una talla 34. El volumen es tiempo. Cada surco, una tarde rara, un olvido, alguna nueva atadura. ¿Y si no mejoramos? ¿Y si crecer consiste solo en perder luz? ¿Será por eso que, llegada cierta edad, queremos niños cerca? A mí me gustaría, siempre lo he pensado. De momento, solo llegan críos de más de treinta. Escribo esta frase y pienso que ahora sí: ya estoy en 2013, lo logré. ¿Acaso escribiré sobre lo mismo hasta que me muera? Hombres extraños con extraños comportamientos.

    Es raro esto y, sin embargo, me emociona. Releo el «Aquel vestido gris» original mientras refunfuño porque creo que me he hecho un esguince. Respiro. Llevo años pensando que el primer post lo publiqué un 13 de julio y acabo de darme cuenta de que fue el 12.

    Aquel 12 de julio de 2013 escribí:

    En qué maldito momento perdió la última neurona que le quedaba y olvidó lo bonito que fue el primer párrafo. Y el segundo. Tal vez lo pensara, pero ya era tarde.

    Y aunque me doliera reconocerlo, en el fondo (y en realidad) estaba mucho mejor sin él.

    Y ahora, 3 de julio de 2025, aquí estoy. Sentada en mi moqueta azul, escuchando de nuevo a Anni B Sweet y pensando en qué tendrá julio para removerme tanto.

    Y es que, a veces, hay que volver al inicio para crear un… nuevo inicio.

    *Actualización: la vendedora ha cancelado la transacción. Tal vez no pueda volver a ponerme ese vestido, supongo que pequé de cabezona y el pasado nunca vuelve por más que queramos.

    Pero por mis narices que el resto de cuestiones, todas esas pequeñas cosas que perdí en la duda, sí las recuperaré.

    Aunque me pase la vida intentándolo.