Algo parecido a una sonrisa

El amor adormece lo demás, me digo, mientras busco motivos entre los pliegues del tiempo. No altera la verdad, pero te evade de ella por un rato, añado en el margen. Arenita se tumba en mi regazo, La promesa de fondo, la calefacción encendida. Pantalón de 101 dálmatas, camisa de cuadros, delineado lila en los ojos todavía.

Mi madre me mira el pijama desparejado.
—¿Ya te lo has puesto?
Luego insiste:
—¿No salías esta noche?

En otra realidad, supongo que sí. Otra Mamen se está arreglando ahora, maquillándose como cuando tenía veinte, sombra gris y purpurina. Plancha calentándose en el suelo del lavabo, Lori Meyers sonando en el móvil. Lo siento por interrumpir, solo he venido a preguntar. Lleva ropa interior roja que ha comprado a última hora en el bazar del barrio, porque dice que no cree en esas cosas, pero si no lo hace como que no se queda tranquila. El anillo de oro en la copa listo, el resumen del año escrito, el primer mensaje del año preparado. La miro por un agujerito y le tengo envidia. Es tan inocente, tan sensible —y tan afortunada—. Pero no le envidio eso: le envidio la despreocupación. A ver, matizo, nunca ha sido despreocupada, pero sí que se ha preocupado por cosas que no requerían tal preocupación. Envidio sus preocupaciones absurdas —eso sería más correcto—. Mírala cómo se echa perfume, mírala cómo se pone colorete —qué arte tiene, diría la tía abuela—. Algún día perderá temporalmente ese color que ahora le tiñe las mejillas. Lo perderá durante una ecografía —que nadie tema, que lo irá recuperando a ratos, a días, doy mi palabra—.

La otra Mamen ahí está, cogiendo tiritas por si los tacones le duelen. Esta, la del portátil —hoy escribo directamente en el portátil, es un avance— tiene las manos heladas y no sabe por dónde empezar a despedirse del 2025. Los ojos le tiemblan —déjalos temblar— y se siente extraña porque ya no se reconoce. En otro momento, la rabia le habría oprimido la garganta y, por no gritar, habría llenado este borrador de insultos. Yo te maldigo, yo te guardaré rencor hasta el resto de mis días. Pero es que no me sale. Nada ha resultado como quisiera, pero aquí estoy, diciendo adiós al año más difícil de mi vida, y no puedo reprimir algo parecido a una sonrisa.

Terminé un manuscrito que no me convenció. Empecé otro que sí me gustaba, pero entonces el mar se retrajo y tuve que cambiar de camino. Llevaba escritas cerca de setenta páginas. No fui a Lyon, ni tuve vacaciones, porque no descansé ni un segundito. Me reñí, en una cafetería, después de perder el color de la cara: cómo puede ser que lleves años escribiendo para gustar, con lo corta que es la función. Recuerdo a mi madre en ese momento exacto, yo miraba a ninguna parte a través del cristal.


—¿En qué piensas?
—En que solo quiero llegar a casa y empezar otra historia, una que sea solo mía.

Madre mía cuánto miedo. Es que no me sale decir otra cosa. Pero también cuánta belleza. Me enamoré más todavía de mis compañeros de trabajo, de mis chicas de La Buhardilla, de mis amigas de verdad y, por encima de todo, de mi familia. La incertidumbre me acribilló, tuve sensaciones que nunca imaginé tener, pasé por pruebas que ni siquiera sabía que existían. Encendí velas, quemé hierbas, llevé encima piedras protectoras, estampitas y medallitas. Me operaron por primera vez, otra primera vez que no hubiera querido experimentar. Usé más la tarjeta SIP que en toda mi vida. Y sigo, es decir, me resulta raro hablar en pasado. He tratado con profesionales maravillosos (protejamos la sanidad pública con uñas y dientes), he hecho amigos que colorean libros en salas de espera, me he encaprichado de cirujanos y anestesistas, y he dicho, antes de una resonancia: no me cojáis cariño que no pienso volver por aquí. Me he reído. Mucho. Mi madre ha sido la culpable de gran parte de esas risas, aunque nada le hiciera ni puñetera gracia. He visto varias veces seguidas Envidiosa y Poquita fe, he leído un montón de libros, he llorado mucho y he fingido más. Me alejé y me acerqué, me rompí en la farmacia pidiendo una crema para las cicatrices y me abrazaron, y pensé que la gente es increíble. He buscado la luz, he detestado el rosa, he dicho que soy la chica de los jueves antes de quedarme grogui en una camilla, me han apretado la mano muy fuerte y me han puesto Opalite en un quirófano.

Y las flores, y los abrazos con cuidadito, y los cafés al sol, y los talleres de Navidad improvisados, y el voy a tu casa aunque diluvie, y el jamón, y las entradas para conciertos, y las láminas y todas ellas. Y ellos.

Y yo no sé si me siento feliz en este momento porque me conformo con poco o todo lo contrario, pero si todo lo que he escrito no es de ser una mujer afortunada… ya no sé qué es.

Gracias por todo, a pesar de todo, 2025.

Hola, 2026.


Descubre más desde La chica de los jueves

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Comentarios

Deja un comentario