Relatos

Y mi casa, tú.

Me estaba lavando los dientes. “No estás tan mal recién levantada”, he pensado sin ver bien realmente mi aspecto desaliñado. Olía a café y a domingo, aunque era martes. Mirando al espejo, ahogada de mocos y sueño, me empiezo a mirar las mejillas. Y recuerdo una foto en la que ella me está cogiendo una, acariciándome la cara. Yo tendría unos tres años. Pelo corto y morro torcido, mi cara de asco de por las mañanas. Cara marca de la casa. En la foto sólo se ve eso, mi cara y su mano tocándome. Es una de las fotos que más me gustan. No tengo muchas de pequeña, cosa que forma parte de la teoría del segundo hijo (se ve que con el primero se gastan más carretes, digo yo). Pero de las no muchas que tengo, esa es de mis favoritas.

Ella. Con casa en el mar y hogar en las nubes. Eterno corazón de niña. Eterna fortaleza de gigante. Ella es locura, montaña rusa de emociones, amor estable, lucha constante. Ella habla y se olvida de lo dicho, pierde cosas y espera que yo las busque. Me hace rabiar, me desquicia. Me pone las pilas cuando sólo quiero dormitar. Ella viaja mil veces al día al centro de mil pensamientos, al centro de un alma inocente que sigue soñando con cambiar lo feo del mundo. Ella es tierra, pero también es fuego. Es aire, que todo lo llena y que por todo rincón se cuela. Y es agua, que da vida, que hace falta.

Ella me hace mayor a cada paso. Me madura, me quiebra, me recompone. Me hace reír.

Sobre todo reír.

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Ella esconde tras sus ojos todos los lugares que aún no ha visitado y las cosas que aún no ha vivido. Muestra en sus manos (sus manos estufa) el trabajo y el esfuerzo de quien ha levantado vidas y edificado sueños. Muestra en sus pestañas el dolor de quien espera mucho y recibe poco, y en su rostro, con cada pequeña arruga, enseña que las vivencias son mucho más que surcos en la piel.

Risa. Ella y sus historias. Situaciones cómicas de quien tiene la cabeza en mil cosas a la vez. Ella y sus uñas, y sus bombones metidos en frascos, y sus cambios de muebles. Cambios. Se adapta bien a los cambios, aunque parte de sus recuerdos siempre vive en el pasado. Yo le decía muchas veces que el pasado pasado está, pero ella ahí, erre que erre. Es lo que pasa con los cabezones con corazón, que les es difícil olvidar lo bonito.

Bonito. Ella lo hace todo bonito. Aunque a veces lo vea todo negro y sin ninguna belleza posible. Aún en ese caso, es bonito. Porque ella es bonita. Tan bonita que ni se da cuenta.

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He estado un poco más de tiempo mirándome la piel desgastada por el frío y la decadencia. Me gusta lo dramática que suena la palabra decadencia. (¿No os pasa que hay palabras que os gusta como suenan y que empleáis sin que vengan a cuento sólo porque os apetece escribirlas? Pues bien, a mi si, y este es uno de esos momentos.) De repente, una cita de Murakami me ha venido a la mente.

“Antes creía que me haría mayor poco a poco, año tras año (… ). Pero no. Uno se hace adulto de golpe y porrazo.”

La he visto pasar por el pasillo, reflejada en el espejo. “Buenos días, cariño”, ha dicho. Su sonrisa ha llenado los cuatro metros que había entre las dos. He recordado otra foto, en un parque. Salimos cara con cara. Ella lleva gafas de sol, yo un abrigo azul. Y cara de sueño- Eterno oso perezoso, cuándo despertarás?- Y “Dónde tendré esa foto?”, he pensado.

He encendido el móvil y he puesto algo de Iron&Wine.

Y en lo que ha durado media canción, he crecido. Me he quedado ahí, en la misma postura. Ya no tenía las mejillas tan sonrosadas, ni el pelo tan castaño tirando a rubio. Ya no tenía los dedos rechonchos. Ya no era la cría de la foto que remoloneaba en la cama, ni la que jugaba en el parque. Ahora tenía alguna cana que otra. Alguna arruga que otra. Alguna historia que otra. Ahora era una adulta con una vida real por delante.

Pero antes de ese momento no lo era, estoy segura. Ha sido en ese momento, delante del espejo. No ha sido progresivo, ha sido de golpe y porrazo.

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De golpe y porrazo van las percepciones y te cambian. Todo lo que creías que importaba, se diluye como pintura con aguarrás, y todo a lo que dabas la espalda, te toca el hombro, y te dice “hola, aquí estoy”. Todos los planes parecen secundarios. Todas las carreteras parecen principales. De repente, la sombra de quien fuiste rebota contra el cristal de lo que eres ahora, justo ahora.

De golpe y porrazo, las prioridades se vuelven insulsas, se tornan grises y van cambiando el orden, en un abrir y cerrar de ojos. Empiezas a pensar que los problemas no lo son tanto, que las quejas son contraproducentes y las broncas…totalmente innecesarias. De golpe y porrazo notas que prefieres una sesión de películas malas en el sofá con ella, antes que tres copas de madrugada. Notas que, esas frases ñoñas que inundan cuadros, láminas y felpudos, cobran significado. Que tu casa está donde están aquellos a quienes amas. 

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Amar. Empleamos ese verbo supongo que bastante veces, no siempre con el significado que le toca realmente. Amamos estupideces. De verdad. Estupideces. Y a muchos estúpidos, también. Perdemos tiempo no gastando el tiempo con quien realmente nos quiere, con quien hace que el verbo amar, tenga sentido. Renegamos, soñamos con otra vida, porque nunca se tiene todo, y siempre queremos tener lo mejor. La mejor casa, la mejor familia, el mejor amor, la mejor carrera. Todo, todo, todo. Y más. Cuán ciegos podemos estar a veces.

Reflexiones de diez de la mañana. Qué curioso. La de cosas que se pueden aprender mirando a un espejo.

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Aquella mañana, ese martes por la mañana, descubrí que mi casa está aquí, en este lado de la vida, a estas horas de la tarde. Descubrí que mi casa está donde nacen mis sueños, donde me despojo de todo y me quedo sin nada. Donde las palabras salen así, como escupidas del corazón. Donde los sentimientos caen de golpe y porrazo.

Donde tú me coges las mejillas.

Descubrí que mi casa, eres tú. 

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PD. Para ti, que no sé si leerás este post, ni si sabrás cuánto te quiero.

Escritora, bloguera, adicta a Pinterest y a los espaguettis. Experta en comerme la cabeza, ñoña de manual, algo impulsiva, algo romántica. Lectora empedernida, fan del maíz y la Coca-Cola. Abonada a las noches de tarta y vino. Turismóloga y Community Manager. Empecé a escribir de broma y hoy es mi pasión, mi verdadera vocación. Mi primer libro, "Corazón de fondant" ya está a la venta. Bienvenid@. ¡Gracias por quedarte!

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