Relatos

Uñas

Diez de diciembre. Las Navidades no empiezan hasta que llega la caja de Navidad al trabajo. Año tras año, soy incapaz de esperar ni un solo día a llevármela a casa. Me da lo mismo lisiarme por el camino. Me da lo mismo que mi atrofiada columna vertebral acabe más dolorida de lo habitual. Me da lo mismo que todos en el autobús me la miren con deseo. Creo que es el día del año que más sentimiento corporativo me entra. Orgullo de caja. Espalda lisiada.

Y por si no tengo bastante con el camino tienda-autobús-calle-casa, me remato ya con mis queridos cuatro pisos sin ascensor. Pero no me importa. Abrir la caja cual niña pequeña supera el cansancio y todos los males. Lo mejor es que mi madre siempre me da la enhorabuena cuando ve que subo con la caja. No sé si la “enhorabuena” es porque he conseguido no matarme por el camino o por tener trabajo unas Navidades más. Sea el motivo que sea, a mi siempre me suena a anticuado, como decir “Jesús” cuando se estornuda o “Que aproveche” cuando se come.

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Diez de diciembre, a eso de las doce de la noche. Me dispongo a abrir la caja de bombones. Uña. “Anda que también…” pienso. ¿Por qué le pondrían ese nombre? No sé, lo sumaré a mi lista de preguntas sin respuesta. “Puede contener trazas de frutos secos y de uñas”. Vale, prefiero no pensarlo. Desenvuelvo el primero. Café. No sé por qué me viene a la cabeza Forrest Gump. “Mi mamá dice que la vida es como una caja de bombones, nunca sabes cuál te va a tocar”. Curioso. Y cierto, supongo. Supongo que la copa de mistela que llevo ya por la mitad ayuda a que empiece a darle vueltas al bombón. A Forrest le enseñaron eso. Y también que “tonto es el que dice tonterías”. ¿Era así no? Supongo que a todos nos enseñan cosas que de primeras pueden parecer tonterías. Pero bueno, de hecho nunca lo son.

Lo que nos enseñan suele dejar la misma huella que deja la Coca-cola en el estómago. Es un sello imborrable. Un post-it escrito a fuego. “No te fíes de nadie, ni de mujeres ni de hombres”. Eso repite mi abuela hasta la saciedad. “Juventud divino tesoro”, eso también. Y un sinfín de lecciones de vida enmascaradas en frases que no consiguen centrar mi atención, pero que van cavando pequeños hoyos en mi funcionamiento.

Lo que nos cuentan, lo que nos intentan enseñar, creo se acaba recordando como la lista de la compra. Crees que te hará falta apuntarlo, porque si no lo olvidarás, pero siempre te acabas acordando de lo imprescindible (al menos), sin necesidad de sacar el papel arrugado del bolsillo.

“Huevos, pan, no hablar con extraños, trabajar en algo serio, arroz, papel higiénico, casarse y tener hijos…”

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Eso fue el diez de diciembre. Hoy es dieciséis. Son las séis de la tarde y estoy sentada en una cafetería, en plan intelectual con el portátil y un café con leche a mi derecha. Espero no darle un manotazo sin querer y no acabar mandando a tomar viento el poco glamour que me pueda quedar bajo este pelo encrespado que Dios o quien reine por ahí arriba me ha dado.

Hace como una hora, he entrado por primera vez en mi vida en una tienda de Scrapbooking. Yo. He dado un paseo, he inspeccionado el territorio desconocido. Estaba perdida, os juro que no sabía ni para qué servían la mayoría de cosas. Cuántas vueltas da la vida y qué manida está esta expresión, pero no por estar manida es menos cierta. Da vueltas, muchas. O mejor dicho, da las vueltas que queremos que de.

Y ahora aquí estoy, dejando enfriar el café. Mirando a la gente pasar y congelándome cada vez que se abre la puerta. Pensando en qué momento de este documento de Word empezar el post, sin darme cuenta de que casi lo he acabado ya. Creo que así sucede casi siempre todo. Vamos andando pensando que no tenemos rumbo ni dirección sin darnos cuenta de que ya tenemos el camino hecho. Vamos queriendo construir relaciones sin darnos cuenta de que tal vez, ya tengamos una. Nos aterra crecer, pensamos en qué pasará cuando seamos mayores, sin ver que ese momento ya está aquí, que ya hemos crecido y que ya no se aceptan excusas. Que los deberes hay que hacerlos y los recreos…saber aprovecharlos.

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Cojo la taza. Bebo. Sorbo a sorbo.

Con el penúltimo sorbo pienso en qué habrá sido de tus últimos once meses. En qué estarás haciendo. En si sigues siendo tan friolero. En si aún te sigues pasando por aquí. En si todavía te acuerdas de la botella que se te rompió por la calle. En las horas de aventuras y los minutos interminables. En la asquerosa pizza de picante. En lo bonito, que siempre nos ganó todas las batallas.

Ando pensando que la Navidad debe ser más que comer turrón y ver luces.

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Mientras miro a través del cristal, mientras clavo la cucharita al fondo de la taza, pienso en qué ha pasado con los últimos once meses. Siempre me pasa igual cuando llegan estos días. Más que en lo que queda por hacer, pienso en el tiempo que he ganduleado dejando pasar la vida. Siempre me quedo con la sensación de poder haber hecho mucho más, de poder haber avanzado mil metros más.

Nunca llego a todo, siempre llego a nada, siempre espero mucho. Tengo un más tatuado en la muñeca derecha. En la izquierda un menos. Resto a medida que sumo. O tal vez, sumo a medida que resto. Sea como sea, sólo trato de saber si lo que me han enseñado es la versión acertada de la realidad o si tendré que seguir abriendo bombones para averiguarlo.

Último sorbo. Vamos a la calle, que ya toca retirarse.

Buenas noches y Feliz, muy feliz Navidad.

Escritora, bloguera, adicta a Pinterest y a los espaguettis. Experta en comerme la cabeza, ñoña de manual, algo impulsiva, algo romántica. Lectora empedernida, fan del maíz y la Coca-Cola. Abonada a las noches de tarta y vino. Turismóloga y Community Manager. Empecé a escribir de broma y hoy es mi pasión, mi verdadera vocación. Mi primer libro, "Corazón de fondant" ya está a la venta. Bienvenid@. ¡Gracias por quedarte!

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