Encontrar el gancho. Llegar a alguien. Y quedarse. Aunque sea por un rato. Somos adictos a las frases cortas, a las palabras directas, a ese «llamar la atención» tan de red social. Nos hemos acostumbrado a estar vendiéndonos continuamente. Vendemos el pack completo, no damos puntada sin hilo en cuanto a la imagen que damos a los demás. Pero cuando se apaga el móvil, se acaba la función. No entiendo por qué algunas personas comparten a todas horas lo que van haciendo en las diferentes stories, sinceramente. Si tienes algo que vender, algo que mostrar o algo que realmente mole o tengas ganas de enseñar, me parece genial. Las redes sociales son brutales y muy útiles para millones de cosas. Pero… ¿por qué estamos llevándolo tan al extremo? ¿Stories en Whatsapp también? POR FAVOR.

Lo chungo es que esa costumbre de lo momentáneo, de la frase corta, del gancho, del post que morirá en 24 horas, la llevamos tristemente a la vida real, a la de carne y hueso, a la buena, vamos. Relaciones cortas, superficies, extremos, intereses, etcétera. Es como que necesitamos crear la necesidad, como en cualquier publicación que hacemos. Queremos captar la atención como reto, ganar la miradita, conseguir el teléfono… pero una vez lo tenemos, lo ignoramos. Porque no tenemos bastante con eso: queremos más. La gente quiere ganar muchos likes sin importar la calidad de lo mostrado, tener muchas visitas utilizando la misma palabrería que ha conquistado antes a otros. Y con el pseudo-amor… lo mismo. Convencer con palabrería, tener mucho roce sin grandes esfuerzos. Y de algo más, ni hablemos.

Somos gilipollas. Todos gilipollas. Bueno, unos más que otros.

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Sí. Es una de mis palabras favoritas. Debería decirla más a menudo. Gilipollas. Y te quedas tan frescamente. Somos gilipollas. Por vivir más una vida de mentira que la que tenemos delante. Por intentar engañar a los demás y a nosotros mismos haciendo creer que somos perfectos, que nuestra casa es de revista, que somos muy listos y que siempre somos felices. Somos gilipollas. Por hablar más con ciber-amigos que no hemos visto en nuestra maldita vida que con nuestros amigos de verdad, los de siempre, los que están ahí sin ningún tipo de interés oculto ni nada raro. Somos gilipollas. Por no vivir el momento por estar compartiéndolo. Los momentos que pasan son irrecuperables y a nadie le importa verlo o no, escucha: a la gente le das absolutamente igual. Pero lo que tú estás viviendo, esa canción en el concierto, ese copazo entre marujeos y confesiones, esa visita o ese plataco de comida fina, solo va a pasar una puñetera vez. Tú eres el protagonista y no te hace falta tener público para que ese jodido instante sea más valioso. Solo tienes que sentirlo con la gente real que está a tu lado. Y no hay más.

El otro día, comiendo con mi madre vi que en la mesa de al lado, una madre y una hija como bien podríamos ser nosotras, se pasaron como diez o quince minutos fotografiando los platos y haciéndose selfies mientras la comida se enfriaba. ¿Estamos loquers o qué está pasando? ¿Soy la única hambrienta que se tira como una loca a comer como si llevara siglos sin probar bocado?

En fin, que somos gilipollas.

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Somos gilis por tocar más un teléfono que a quien sea que tengamos cerca. Con lo que mola achuchar y tocar, por favor. Si nos achucháramos más habría menos problemas. Pero nos pasamos todo el día por ahí haciendo el idiota sin dar abrazos ni meter mano, hombre ya. Si el tiempo que perdemos contando lo que hacemos lo ahorráramos adelantando trabajo o estudiando, ganaríamos un montón para hacer lo que luego decimos que no podemos hacer por falta de él. Esa birra. Esa peli. Ese gimnasio (risa fuerte). Ese morreo. Ese café con esa amiga a la que ya le deben haber salido canas desde que le dijiste que la llamarías. Y tal. Nunca falta tiempo para lo que de verdad se quiere. Solo hay que quererlo de verdad, claro.

Por eso mismo, amplía el término gilipollas no solo a la tontería influencer de nuestra generación y no guardes minutos para quien no los tiene para ti. No esperes nada de nadie porque nadie te debe nada. Tus películas mentales no cuentan como contrato de lealtad. No hagas el tonto guardando ausencias, haciendo de menos tu existencia, creyéndote menos por esperar más, por soñar más, por sentir más. Y bloquea, borra, rompe, corta lazos, elimina de tu vida aquello que sobre, personas que no te hacen bien, gente que te hace daño a sabiendas y sin saber. Quien duele, no quiere.

Así que no seas gilipollas. No desperdicies el regalo que se te da con el presente que vives, con la gente que de verdad te quiere, con los momentos impagables que morirán enseguida si no los disfrutas en condiciones. Aparta lo malo, encierra lo bueno y sueña con lo mejor. Y sobre todo, hazlo por ti, no por nadie. Siente cada poro de tu piel erizarse, huele esa flor como si fuera tu último día en el planeta, abraza como si te fueras a quedar sin brazos al día siguiente y da muchos besos, aunque sea al aire. Guárdalo. Compártelo con quien te llama cuando ni tú te soportas, cuando llevas el pijama feo, cuando estás cabreada con el mundo. Compártelo con quien no te juzgue por lo que pareces ser sino con quien simplemente te quiera por quien eres.

Porque te haces de querer, ¿sabes? No te hace falta querer ser guay para serlo. Quédate esto. Y sé feliz por ti, para ti y porque hay personas que lo darían todo por verte sonreír.

 

M.

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