Como muchos de vosotros sabéis, estudié turismo. Aún no sé por qué, la verdad. Ojalá hubiera sabido cuál era mi vocación a los dieciocho. Igual ya estaría por ahí firmando libros. O no. Eso dicen que nunca se sabe. Que no hay que arrepentirse, eso dicen. Yo pienso que algunas cosas sí que merecen cierto arrepentimiento, aunque bueno, a lo hecho…ya sabéis.

El caso es que mis prácticas obligatorias las realicé en el Jardín Botánico. No tenía ni idea de plantas, pero el hecho de poder trabajar al aire libre, me daba buen rollo y me despejaba de tantas horas encerrada en una tienda de ropa o de cara a un libro. Mis tareas no pasaban de hacer talleres de papel reciclado con niños y paseos contando historietas sobre árboles. Algunas inventadas. Otras no. Tampoco me lo curraba mucho. Me gustaba pero no me apasionaba. Era divertido, siempre y cuando los críos no se volvieran locos corriendo tras los gatos, o gritando al ver las plantas carnívoras. «¿Pero entonces si acerco un dedo se lo comen?» Yo decía que sólo comían bichos, pero en realidad pensaba…»Mira, niño pesado, ojalá comieran niños cansinos, pero la realidad es que me da la impresión de que estas plantas minúsculas y chungas ya no comerían ni moho».

La verdad es que le cogí cariño, mucho cariño a ese jardín. Sobre todo a algunos árboles. Y a algunos niños. Y a algunas tutoras. Pero sobre todo al pozo de los deseos y al árbol de los cuarenta escudos, el Ginkgo.

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Cuenta Wikipedia que un año después del estallido de la bomba de Hiroshima, en la primavera de 1946, a cerca de un kilómetro de distancia del epicentro de la explosión, un viejo Ginkgo destruido y seco empezó a brotar, mientras que un templo construido frente al mismo fue destruido por completo. Para Hiroshima se transformó en símbolo del renacimiento y objeto de veneración, por lo que se le llama «portador de esperanza».

Las monitorias del botánico me contaron que «dicen por ahí» que sus hojas con forma de abanico dan buena suerte. Así que en cada ruta con críos, cogía una bajo manga y les contaba el cuento. Ellos flipaban con la historia. Muchos decían que era un árbol «superguay«. Otros pasaban de mí. Otros también cogían hojas pensándose que no me daba cuenta. Y seguíamos nuestro camino, pensando que éramos un poco más afortunados que media hora atrás.

El domingo pasado fui de nuevo al botánico, esta vez con mis sobrinos. L. correteaba contenta con su sonrisota de oreja a oreja. A. me escuchaba contar lo poco que aprendí de aquellos meses. Me encanta ver su cara de curiosidad, de querer saber más.

Cuando llegamos al Ginkgo, arranqué una hoja y se la di, diciéndole que le iba a dar muy buena suerte. Él se quedó pensativo, y acercándose al arbusto medio muerto que había justo al lado, me preguntó: «Tía, si le tiro mi hoja a esta planta, crees que le dará suerte? Igual crece más». Y sin dejarme contestar tiró su hoja de la buena suerte sobre el arbusto sin vida ni color, pensando que se convertiría en la planta más bonita del lugar. Me quedé muda, sólo pude esbozar una sonrisa y abrazarlo, alucinando una vez más con el corazón de gigante que encierran sus cuatro años de vida. Me enamoró más si cabe. Aunque no creía posible que eso pasara, porque siempre me tiene rozando el tope, traspasándolo de golpe, llegando hasta el techo.

Y pensé. Nunca, en ninguna de mis visitas al jardín, pensé en ceder mi suerte a nadie, como mucho, en coger una hoja extra para regalar. Pero…¿darle a alguien mi única posibilidad de buena suerte extra? De eso nada. ¿En qué momento había empezado a ser tan egoísta? Se supone que cuando crecemos tenemos que ir a mejor, pero creo que en la mayoría de casos no es así. Ganamos vivencias, dinero, altura o kilos. Pero perdemos mucho. Perdemos mucho más de lo que deberíamos perder.

Una vez más, ese enano me enseñó una lección que todos deberíamos saber. Me dio una clase magistral de generosidad.

Me hizo entender de nuevo que la buena suerte siempre está comprimida en esas personas que tocan tu vida y la llenan de magia, y no en amuletos ni hojas, ni chorradas.

Me hizo pensar en mi suerte.

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Siempre he pensado, aunque a veces arranque hojas de forma inconsciente y avariciosa, que la suerte no existe, que la suerte se busca o se pinta, pero que no hay que esperarla, porque ella no espera a nadie.

Siempre he creído que nadie tiene mala suerte, que es una excusa fatal para las malas decisiones, que cada cual elige sus cartas y lo que apuesta, y lo que puede perder si pierde. No sé, soy un poco dictadora con algunas opiniones, y nadie me suele sacar de ellas. Un carácter algo difícil. Una mente algo cerrada.

Pero ahora sé que hay cosas que no se pueden controlar. Que hay algo, que no sé lo que es, que se nos escapa de las manos. Que hay cosas que no dependen de uno. Que te vienen y se te van. Y te vuelven a venir. No sé quien controla la suerte, pero si algo sé es que es imprescindible reconocerla para retenerla.

Si algo sé es que la suerte, como la felicidad, es ese cúmulo de sensaciones, personas y vivencias, que te hacen sonreír cuando estás a solas acordándote de ellas.

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Reconocer. Reconocer que tienes suerte. Eso es lo que hay que hacer. Reconocerlo y apuntar en un papel todo lo que recuerdas cuando estás a solas. Todo lo que te hace sonreír. Y leerlo, si es que algún día olvidas lo afortunada que eres. Que no te hace falta arramblar con un árbol entero para que todo salga bien. Porque al final, todo sale bien, con hojas o sin ellas.

Así que para empezar con esto, empezaré con la parte que me toca a mí.

Mi suerte son los viernes en La Vitti. Las letras de tantos. Y de él. Las notas de Izal. Las risas de A. y L. Los nervios del antes de. El morro que tengo, que no es poco. La emoción pre-festival. Hacer una locura y ver que sigo viva. Tener un proyecto. Recordar una puerta. Revivir un beso. Retomar un libro. Retroceder y fijarme más. Suerte es haberos conocido. Y los martinis sin aceituna.

Mi suerte es pintarme las uñas sin salirme. Encontrar la banda de «Miss cumple PAT». Conocer a mi cara de gato favorita. Pasar en Madrid siete horas porque sólo se hacen esas cosas cuando se puede, que es ahora. Saber que estoy aprendiendo a valorar lo que tengo. Empezar a escribir. Empezar a creer.

Suerte es encontrarte por el suelo con los trozos de tu escudo anti-personas. Ver cómo desaparecen los temores y las capas. Ver marcharse al pasado sin necesidad de correr tras él para despedirte. Suerte es descubrir que tú también puedes sobrevivir a un «Hiroshima», porque si el Ginkgo pudo renacer, tú también.

Suerte es, básicamente, haber nacido.

Haber querido. Haber crecido.

Suerte es, secundariamente, haberte conocido.

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M,