Dicen que el rosa es un color de chicas. A mí siempre me han dado rabia los estereotipos, aunque por otra parte, reconozco que es mi color favorito.

Cuanto más rosa mejor.

Las flores, los globos, las paredes, las zapatillas, los tacones, las toallas, los lápices, el colorete. Los suéteres calentitos, las velas, los bolis, las mantas, la ropa interior, las tazas, los jarrones, los libros, las canciones, la vida. La vida siempre en rosa, por favor. Como cantaría Edith Piaf, como tantas veces he compartido en este blog, como alguien que lucha por cubrir el gris a toda costa.

Ahora sé que el rosa siempre le gana la partida a cualquier problema. Que, en otras palabras, las mujeres somos capaces de vencer cualquier batalla.

@eleonoracarisi

Hoy no me quería quedar sin escribir. Otros años no lo he hecho, porque siempre que pasa algo realmente importante, me suelo quedar sin palabras porque no sé bien por dónde empezar (y creo que cualquier cosa que diga quedará completamente ridícula y carente de sentido) pero esta vez es distinto. No porque tenga más palabras que en otras ocasiones ni una verdad absoluta, ni nada que vaya a solucionar ni arreglar la tristeza, ni los problemas, ni los sustos. No es nada de eso. En cambio, quería compartir algo.

Hace poco fui, como quien va al bar de la esquina a por un café, a una revisión. Mi primera revisión. Iba súper tranquila, pese a mi habitual hipocondría. Cuando pedí cita no lo hice ni pensando en prevenir, simplemente me dije: «bueno, ya que tienes tiempo ahora, hazte un chequeo completo para asegurarte que todo está correcto.» En mi cabeza no cabía la posibilidad de nada, solo una visita sencilla al centro de salud. La cosa cambió cuando, en plena revisión, sonó un pitido y al médico le cambió la cara. Se puso serio, se acarició la barbilla y fijó la mirada en la pantalla. Yo creo que se me cortó la digestión por lo menos. Empezaron los sudores fríos y no sabía si preguntar o callarme para siempre. Él seguía serio, midiendo algo que yo no quería ni imaginar. Como dos segundos después, exploté, y con una voz que intentaba disimular el terror, pregunté si todo iba bien.

SÍ. Dijo que sí. Respiré y sentí ganas de llorar, esas ganas que te entran cuando sale bien algo que creías que iba a ir terriblemente mal. Los quistes que tenía eran benignos, pero había varios y yo ni siquiera había reparado en ellos porque en mi rutina habitual, no me da ni por palparme. Supongo que por el mismo miedo a encontrar algo. La cuestión es que muchas veces no somos conscientes de lo importante que puede ser un simple gesto para nuestra salud: la prevención es esencial.

the-atlantic-pacific.com

En ese momento pensé en la suerte que tenía y en lo feliz que era. Y no pude evitar pensar en todas las consultas con menos alegría. No pude evitar que todo se volviera gris pensando en las noticias no tan buenas, en la preocupación de tantas mujeres que sufren más por hacer sufrir a sus familias con la mala nueva que por ellas mismas. En esas chicas que no salen con una sonrisa en los labios y que por instantes, eternos instantes, sienten que todo se derrumba y que no hay esperanza. Todas, en mayor o menor medida, hemos tenido de cerca -o muy cerca- el maldito cáncer de mama. Todas hemos sufrido con alguien a quien queremos en una maldita sala de espera. Todas hemos rozado el miedo con los dedos y muchas, por desgracia, todavía lo llevan dentro.

¿Pero sabéis qué? Hasta cuando parece que no queda nada, sigue saliendo el sol por las mañanas. La fuerza de una mujer es algo que difícilmente se puede explicar con palabras. El poder del rosa es algo innato, algo que provoca un terremoto que no solo no destruye, sino que empuja, que da valentía, que llena de paz. Eso, todo eso, somos las mujeres. Y nada, ni siquiera un puto cáncer puede ni podrá con nosotras.

Así que nada de rendirse, nada de temer, nada de temblar.

Todo irá bien.

Romy van’t Veen

Por una sanidad sin recortes.

Por una mayor prevención.

Por ti.

Por mi.

Por todas las mujeres del futuro.

#DíaMundialdelCancerdemama