Amanece en Friburgo.

Nos queda poco, muy poco presupuesto para acabar con dignidad en Alemania.

Señora va a por nuestro desayuno (dos cafés de máquina del hostal-Goethe Institut), pero olvida que el vasito no sale automático de la máquina y ve como se esfuma poco a poco la mitad del presupuesto.

Señora vuelve cabizbaja a la habitación, no sabe como decirme que nos hemos quedado sin café, que sólo tenemos dos napolitanas de mercadona envasadas al vacío, y restos de las palmeritas que cayeron al charco de Mulhouse.

Pero no pasa nada, nos reímos una vez más de nuestro patetismo, cerramos las maletas y abandonamos a Alfredo (algún día hablaré de Alfredo), a su suerte, en el suelo de la habitación.

Y una vez más, un andén más.

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En ese momento, creo que es cuando tendríamos que haber cogido el tren a Milán y habernos olvidado de cruzar a Suiza.

Cuando nos llegó el mensaje de texto de Orange dándonos la bienvenida al país de las cuentas millonarias secretas, ya debimos intuir que algo no marcharía bien, ya que el coste de las llamadas y de la conexión de datos móviles, cuadruplicaba la de Francia y Alemania. Que sí, que ya sé que todos sabemos que Suiza es cara, que quien avisa no es traidor, y que bla bla bla bla, pero nunca, nunca, nunca nadie podrá saber lo carisísimo que resulta hasta el simple hecho de respirar.

Pero no pasa nada.

Seguimos.

Tren.

Tenemos hambre. Yo quiero mi CAFÉ. 

Y me aproximo al bar, tambaleándome de un lado a otro, esperando no caerme, con mi billete de 5 euros, más orgullosa que nadie en este mundo, sabiendo que «pfff, me da para dos cafés FIJO!»

ERROR.

UNO Y GRACIAS.

Y encima, casi se me cae por el camino por el meneo que llevaba el tren.

Pero bueno.

No pasa nada.

Suerte que al menos es grande. Suerte que ya no sabemos que es la dignidad. Suerte que no tenemos nada contagioso y que podemos compartirlo.

Señora– Te importa que moje la napolitanita?

Jueves– No, si ya total…da igual.

No sabéis lo que une un viaje así, pero sobre todo, no sabéis lo que une compartir un café.

Qué bonito.

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En fin. Seguimos.

Para llegar a Berna hay que pasar por Basilea. 

Basilea: única ciudad en el mundo que he conocido que tenga cafeterías dentro de Iglesias.

Mola tomar café en una Iglesia, más todavía si es un café imaginario.

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Justo ahí abajo, en ese puente, una señora.

Una señora mayor, con un largo abrigo rojo y cara de muy pocos amigos, para en seco, nos mira con asco y nos insulta en alemán.

Queridos amigos míos, nunca os han insultado si no lo han hecho en alemán.

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Superamos el trance y seguimos callejeando.

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He de reconocer que algunas calles daban cierto miedo. Demasiado desiertas. Demasiado…no sé, diría que se respiraba un aire viciado, o igual era pura y dura sugestión al recordarme tanto esas calles a todas las pelis que me he tragado de nazis en mi vida.

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¿No os recuerda un poco a lo mismo?

En fin.

Seguimos.

Estación de tren.

Berna…allá vamos!!

(Inciso: este video va dedicado a aquellas personas que se incorporen ahora al diario de viaje)

 

Y…

BERNA!!

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LLegamos. La recepción está cerrada, hasta las 15:00 no abre de nuevo. Reventadas, sacamos el pan y el chorizo que nos queda y nos hacemos dos tristes bocadillos.

A señora le duele la pierna, va cojeando cual Quasimodo, así que le digo: «Señora, tómate un Ibuprofeno». Pero a Señora no se le da bien tragar pastillas. Señora la lía. Señora deja la botella de agua hecha unos zorros. Adiós a mi única posibilidad de beber agua.

WTF.

Después de la estupenda comida, nos dan la llave y subimos a la habitación. Como no podía ser de otra manera, hay dos asiáticas, una rubia inglesa que habla por skype con su novio a todas horas y creo que otra más un tanto rara.

Le hago una trenza de espiga a Señora, nos ponemos monas y salimos

…En busca del oso perdido.

Toda la montaña y nada, el único oso que vimos fue el de la foto.

(Es como los reyes magos, son los padres)

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Ayy Berna, qué bonito es Berna.

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Y por la noche, ya que era San Valentin, cena romántica del supermercado.

Y ya de paso, pues mira chica, compro agua, que estoy SECA.

ERROR (por esas cosas de no pilotar mucho aún el alemán)

Cojo agua con gas por error. No pasaría nada si no odiara el agua con gas.

En fin.

Compramos salchichas con pan de hamburguesa, y de guarnición, patatas fritas (con mucho ketchup) de McDonalds, apetece, eh?

De camino al hostel nos compramos un gofre de chocolate, un fraude, por cierto. En Valencia están más buenos.

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LLegamos al Hostel.

Cena delicatessen.

De fondo se oye pachanga, y señora se asoma cual loca por un «Dansa» Kuduro, pero misteriosamente, no conseguimos adivinar de donde proviene la música.

Demasiado cansancio para buscar. Demasiado cansancio para salir.

Creo que me estoy poniendo mala.

«Oh Dios, cómo me apetece un zumo, bajo a la máquina de bebidas, que he leído antes algo de Apfel»

Subo toda contenta con mi Apfel sano sanote de manzana. Lo abro. Lleva G-A-S. Sí, lector, otra vez.

L-L-E-V-A -G-A-S.

Me acuesto con la decepción.

Resumen del día según Señora:

«Quasimodo, trenza, japoneses apestando la cocina, el oso que no vimos, buscar tus imanes, el bocata en la recepción cerrada, tú subiendo un millón de escaleras con el carrito del bebé, italiano que resultaba ir con novia, trapecistas en el puente, gran cena de hamburguesa de salchicha con patatas recalentadas, tu zumo de manzana con gas y agua con gas, gofre relleno de chocolate. Ah! Y las fuentes! Nos faltó la del ogro comiéndose al niño! Ah! Y las chinas ruidosas la guiri skypeando, las tiendas subterráneas. La latin music que luego te asomabas y no se veía nada. AHÍ NO PERDIMOS TREN?»

GRAN PREGUNTA.

NO, No perdimos tren, por raro que parezca.

Por cierto, se nos olvidaba lo más importante: Einstein!

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Venga, que mañana toca Ginebra.

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Continuará…