Nunca me ha gustado decir adiós. De pequeña solían decirme «nunca digas adiós, adiós se dice a quien nunca más vas a ver, dí hasta luego, o hasta mañana».

Supongo que lo que «aprendes» de pequeña, va a parar a la parte del cerebro que guarda todo bajo llave. Supongo que mi espíritu de nostálgica y melancólica empedernida me obliga a mantener ciertas viejas costumbres. Costumbres que no siempre son beneficiosas, como el titánico esfuerzo que me genera el simple hecho de decir «adiós». Puede que crea que diciendo adiós a alguien, ese alguien va a morir en extrañas condiciones generadas por mi insensatez, como por ejemplo que le caiga una maceta en la cabeza o le atropelle un camión («Mírala! Allí va la chica que le dijo adiós y le condenó a muerte!») Muy lógico, sí.

Es curioso todo lo que se les enseña a los niños, todos los consejos y lecciones de vida. Acaban siendo un perfecto reflejo de nuestros más profundos deseos y temores, una proyección de nosotros mismos cargada de una clase de amor inexplicable, que nos devuelve la mirada y la vida multiplicada por mil.

Es esa clase de amor ante la que jamás podrías decir adiós.

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Adiós. Es complicado. No siempre se trata de decir adiós a personas en establecimientos, del mismo modo que se dan los buenos días. No siempre se trata de cordialidad ni educación: se puede decir adiós a muchas cosas, no solo al vecino del quinto. Hay quien dice adiós a sus estudios o a su trabajo. Hay quien dice adiós a su ciudad o a su país (o continente). Hay quien dice adiós a su familia o amigos, o incluso a un amor. A todos nos cuesta abrirnos a un nuevo «hola», enfrentarnos a una nueva vida, pero por lo visto hay que aguantarse, porque se ve que la vida consiste en eso: decir adiós.

Decir adiós conlleva crecer, avanzar sin más peso del necesario, aprender a ser uno mismo. Decir adiós supone que el «hasta luego» no fue suficiente, porque hay veces que sólo nos vale una cosa entre medias del «adiós» y el «hasta luego»: hasta mañana.

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Hasta mañana. El adiós es frío. El hasta luego es ambiguo. 

El hasta mañana no deja lugar a dudas: «Mañana te veo. Mañana estás aquí. Mañana te cuento lo que me ha pasado. Mañana te digo que te quiero…»

Hasta mañana implica continuidad. Hasta mañana implica que te vean con la cara lavada y no pintada, que te vean con tu pijama feo y no con el vestido de los sábados, que vean tu lado malo y tu sonrisa forzada de buenos días. Hasta mañana quiere decir «oye, que me quedo a tu lado».

Pero hay momentos que emborronan la posibilidad del hasta mañana. Hay momentos en los que estás tan cerca del adiós que tienes la puerta entreabierta con las llaves en la mano y en la cara un gesto de «vale, y ahora qué«. Pero al otro lado, un «hasta luego» te hace creer que el adiós no puede o no debe tener lugar. Te hace creer que incluso un «hasta mañana» sería posible. Una mirada, un abrazo, un beso tal vez. Pero la verdad es que no deja de ser un «hasta luego».

La verdad es que a veces mantenemos la puerta bien abierta, cerrada sólo de un portazo.

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Adiós. A nadie le gusta decir adiós. A nadie le gusta poner el pestillo y activar la alarma anti-robo. A nadie le gusta pensar en el hecho de no volver a ver a otro alguien.

Supongo que la posibilidad de perder nos genera un temor parecido al de los niños en la oscuridad. El adiós nos quita un pedazo de alma, porque cada persona que pasa por nuestro día a día deja su sello, en muchas ocasiones, difícil de borrar. Pero algunas veces es inevitable cerrar la puerta, porque asusta mucho menos echar el cerrojo a que el viento la cierre golpe.

A pesar de esto, y de tener clara la intención de cerrar, no siempre es fácil.

Veréis: algunas personas son especialistas en timbres. Sí, en timbres. Desde el clásico ding-dong hasta el politono de moda. Ding…Dong…Diiiiiing…Donnnnng…!!

Y miras por la mirilla pensando si abrir o no.

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Podríamos pasarnos toda la vida acudiendo a una llamada, yendo a la puerta, diciendo hola, tropezando una y otra vez con el mismo cerrojo. Podríamos pasar minutos eternos recreándonos en el último «hasta luego»o deseando el «adiós» definitivo (o temiéndolo), pero lo cierto es que llega un momento en el que sólo una cosa vale.

Llega un momento en el que todo cobra el sentido que ha ido recogiendo el paso del tiempo. Llega un momento en el que no vale de nada fingir, ni hablar, ni llorar dando patadas, ni tirarle palabras de amor al viento. Llega un momento en el que nada vale, nada que no sea un hasta mañana, o en el mejor de los casos, un hasta siempre.

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Say goodnight, not goodbye.

 

Imágenes obtenidas de Pinterest

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