Bill Murray

Siempre me ha gustado leer. Puede que no haya leído más libros que nadie en el mundo y también puede que me haya escuchado más de una vez el típico “qué poco lees para querer dedicarte a escribir” que tanta rabia me da pero que tan cierto es a temporadas. Puede que falten clásicos en mi estantería, novelas épicas, cuentos cortos, poesía de la de antes, de la que a mí me llega. Puede que mis recursos a veces escaseen, que mi imaginación vuele menos alto por esa vagancia tan mía que me lleva a ver muchas series y a leer menos de lo que quisiera para sentirme en paz conmigo misma. Pueden ser muchas cosas.

Puede que no sea la chica más leída del país (en los dos sentidos, como lectora y escritora), sí, pero si algo tengo claro es que hay una cosa que me define, que me persigue desde pequeña y que jamás me ha abandonado. Amo las historias, contarlas, escucharlas y adivinarlas entre líneas. Siempre me pierdo en ellas de una forma atroz, romántica, trágica y sin retorno,  y -ahí va la confesión- me encantaría no ver las caras de los autores, no saber ni quiénes son; ¿sabéis a qué me refiero? Hablo de sentir que nadie te está contando una invención que tuvo en un instante de lucidez y que desarrolló tiempo después. Hablo de pasar la página final sintiendo que todo es tan bello, triste o divertido como la realidad al mirar por la ventana o el asfalto bajo mis pies al cruzar la calle, que todo es verdad. Y si veo las caras de los autores, algo me hace pensar en todos y cada uno de los personajes de la historia -y guardar un minuto de silencio por esas almas que nunca vivieron- preguntándome cómo he podido sentirlos tan adentro si nunca existieron. Qué curioso. Es justo el mismo sentimiento que se tiene a veces con los amores no correspondidos.

No sé muy bien por qué tendré esa rara manía. Supongo que es una más de esas cosas que dejan patente mi miedo a enfrentarme a que ciertas cosas que parecen reales tal vez no lo sean, o que otras que no lo parezcan, lo acaben siendo. A esas ansias por vivir en un cuento sin hojas en blanco ni días vacíos, ni palabras desnudas de adjetivos. 

Hoy, pensando justamente en esos autores que crean escenarios llenos de magia que ojalá fueran reales, en sus caras y en sus ganas por hacer de este mundo un lugar un poco más amable, he pensado en mí misma, en por qué no creaba esos escenarios más a menudo, en por qué mostraba mi cara a veces solo por… no lo sé ni yo. Y lo cierto es que ha sido todo un descubrimiento, porque hacía días que no pensaba mucho: más bien me machacaba por no llegar a todo, por no tener ganas de escribir, de vender (y venderme), por no ser perfecta, por cometer errores (por la celulitis, el pelo bufado, las pocas ganas de cocinar… ) por no morderme más la lengua, por dejarme llevar por lo negativo sin ver todo lo positivo.

He pensado. Mucho. He bajado las ventanillas del coche, me he subido las mangas del suéter, he puesto el nuevo disco de Izal y con esta canción, cantando a grito pelado, he vuelto a ser yo.

 

Supongo que algunas cosas nunca cambian. Aunque cambiemos de costumbres –estoy escribiendo por primera vez en un sitio nuevo, por ejemplo–  o rutinas. Aunque pensemos que todo movimiento llevará obligatoriamente consigo una mejora sustancial y que ya por eso tenemos que ser felices por narices, habrá cosas que no cambiarán. Aunque nuestra vida esté llena de amor, paz, vinos y comida en la nevera. Aunque todo, siempre nos enfrentaremos a una nada en algún momento dado. Y tenemos que aprender de esa nada. Y perdonarnos a nosotros mismos, permitirnos estar cabreados, decepcionados o tristes con o sin motivo. Porque no pasa nada aunque nos hagan creer lo contrario.

Nadie aprecia la luz del sol hasta que de repente, hay un montón de días seguidos nublados -al menos en Valencia, al menos yo- así que supongo que son necesarios.

 

No sé. Supongo que todos deberíamos darnos un respiro. Y volver a leer sin querer mirar quién escribe para no sentir que no es real. Y volver a reconocernos en alguien que se muestra débil en un mundo de apariencia -solo apariencia- muy fuerte. Y volver a pedir mimos y un “ven, quédate conmigo que no quiero dormir sola hoy también”. Y volver a decir lo que echamos de menos cuando todo parece estar de más. Y volver a declararnos en ruinas, porque solo así se coge el valor para reconstruir. Y sentir que aunque pasen mil vidas, seguiremos manteniendo las mismas costumbres para salvarnos a nosotros mismos. Aunque nadie lo entienda. Aunque nadie se sepa la canción.

Y es que en esta vida de cara al público, creo que deberíamos mostrar menos la cara y más el corazón.

Porque yo, por lo menos, la única magia que he conocido la he hallado leyendo entre líneas y entre brillos en miradas, en mensajes de buenos días, en un te quiero repetido hasta la saciedad por miedo al miedo y por amor al amor. En ti. La encontré en ti hace más de un año.

Pero sobre todo, la he encontrado en mí misma hoy, cuando menos pensaba que tenía.

Gracias a Bill Murray.

M.


 

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Bienvenido a casa -y otras formas de decirte que te quiero-

Corazón de fondant

 

 

 

 

 

 

 

 

Escrito por

Escritora, bloguera, adicta a Pinterest y a los espaguettis. Experta en comerme la cabeza, ñoña de manual, algo impulsiva, algo romántica. Lectora empedernida, fan del maíz y la Coca-Cola. Abonada a las noches de tarta y vino. Turismóloga y Community Manager. Empecé a escribir de broma y hoy es mi pasión, mi verdadera vocación. Mi primer libro, "Corazón de fondant" ya está a la venta. Bienvenid@. ¡Gracias por quedarte!

8 comentarios en “Bill Murray

  1. Chica de los jueves, realmente te felicito por tus post ! Me encantan, recién hoy conozco tu blog pero sin dudas me verás seguido por aquí 🙂
    Un beso grande!

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