Relatos

Barba azul

Él fue alguien que convirtió simples notas de música en parte de la banda sonora de mi vida. Él fue despiste, impulsividad, cámaras de fotos, nórdico sin funda y café aguado. Él fue piano, piel suave, casa fría y corazón caliente. Pero manos templadas, pero pies helados, pero barba bajo cero. Y azul. Su barba era azul.

Él fue, como todo lo que siempre se recuerda, uno de esos instantes llenos de eternidad.

Ahora veo fotos suyas y es como si me faltara la voz. Y siento ganas de escribirle, de decirle que todavía me acuerdo de él, de teclear un “Te echo de menos (aún)“, de agarrar su cara a través de la pantalla y entre besos y palabras, reñirle dulcemente, gritarle sin gritar que por qué se tuvo que marchar. Ahora, su vida aparece frente a mí, pero no exactamente como quisiera. Ahora, ni mismo edificio, ni misma ciudad, ni mismo punto de encuentro, ni mismo bar. Ahora, abrirá botellas con alguien más, hará café para alguien más, para otra chica que no seré yo, para un montón de amigos que ya nunca conoceré, para canciones y momentos en los que yo ya no estaré. Y me falta la voz.

¿En qué momento se hace de más decirle a alguien que te sigues acordando de su existencia? ¿En qué momento prescriben los recuerdos? ¿En qué momento pasas de ser nostálgica a ser una pirada que se agarra a las páginas pasadas de su vida como a un clavo ardiendo?

Y haciéndote esa última pregunta, decides callar. Porque total, ¿de ti se acordarán igual? Empiezas a pensar que ni de lejos, porque la distancia hace del olvido un simple juego de niños, tan fácil y sencillo como el “Veo, veo, ¿qué ves?” (No sé tú, pero yo veo a una capulla romántica que se niega a tirar a la basura el estúpido latido que ése, sea quien sea, le provoca). En fin.

Y te pones una cremallera en la boca. Y te acuerdas de ese día y de aquél otro. Y de cuánto llegaste a querer abrazarle cuando se marchó. Y de cuántas veces habrás querido volver a escuchar su voz. Y la gran pregunta retumba de una punta a otra de tu cerebro: ¿por qué nos cuesta olvidar tanto a ciertas personas?

Si nadie es imprescindible, ¿no?

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“Nadie es imprescindible”, eso pensamos. ¿Pero en serio? Decidme por favor que no soy la única imbécil que quiere creer que algo de imprescindibles sí tenemos. Que alguien me diga que no soy la única que sí quiere ser imprescindible para alguien. Que alguien levante la mano entre el público y asienta sin hablar, casi con pesadumbre, con un “yo también” interno que provoque entre los dos una conexión de esas de las que saltan chispas.

Porque yo todavía pienso que la vida no sirve de mucho si no eres imprescindible para nadie, si alguien no te recuerda con una sonrisa, si alguien no se pregunta por cómo te irá cuando tus fotografías le sorprenden al iniciar sesión, cuando saltan en su timeline como palomitas explotando ante sus ojos. Creo que las separaciones sólo tienen sentido cuando, al volver a ver el rostro de ese alguien, aunque sea en un ordenador, deseas que esté donde esté, esté bien. Deseas que todavía te recuerde. Deseas que nunca te olvide. Por irracional que sea. Por complicado que sea.

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Está muy bien hacer creer que todos estamos de más, que si alguien se va de nuestro lado, nada sucederá, porque en el fondo, era alguien más. Alguien que se topó con nuestro destino para escribir a lápiz un par de líneas. Alguien por quien ni suspiraremos, ni mucho menos, moriremos. Y claro que no moriremos. Aunque también os digo que ahora sé que existen muchas formas de morir.

Muere la ilusión y se te apaga la mirada. Muere el enamoramiento y se te apagan una a una las palpitaciones. Muere el cariño y se te apaga la esperanza. Muere la confianza y se te apaga el corazón. ¿Acaso conocéis peor forma de morir que por un apagón de corazón?

Pero igual que se muere, se vuelve a nacer. Porque del mismo modo que existen muchas formas de morir, existen muchas formas de nacer.

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Se nace cuando las fotografías no duelen. Se nace cuando los recuerdos provocan tranquilidad. Se nace cuando dejas atrás rencores, preguntas y pesares, y eliges seguir con tu vida con el rencor a un lado. Se nace con una buena carcajada, con un brindis, con una camiseta nueva o con un viaje improvisado. Se nace del dolor para poder crecer en el amor, del mismo modo que los que escribimos lo hacemos cuando el viento llora, esperando a que deje de hacerlo. Se nace de muchas formas, y en muchas ocasiones, tal vez, hasta varias veces en un mismo día. Es algo como llevar un pegamento interno que, por mucho que nos rompamos, nos pega de nuevo y de raíz. Como ya he dicho, se nace de muchas maneras y yo hoy he vuelto a nacer.

Y espero que, aunque pasen mil años, él no me olvide.

Aunque suene complicado.

Aunque suene irracional.

M.

Escritora, bloguera, adicta a Pinterest y a los espaguettis. Experta en comerme la cabeza, ñoña de manual, algo impulsiva, algo romántica. Lectora empedernida, fan del maíz y la Coca-Cola. Abonada a las noches de tarta y vino. Turismóloga y Community Manager. Empecé a escribir de broma y hoy es mi pasión, mi verdadera vocación. Mi primer libro, "Corazón de fondant" ya está a la venta. Bienvenid@. ¡Gracias por quedarte!

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