Relatos

Algo que sirva como luz

Pasábamos por la puerta granate llena de pintadas por la que siempre pasamos al volver del cole. Hacía calor como en un día de Julio, y yo sólo deseaba que el no se escapara como cuando vamos con sus amigos de vuelta a casa.

-Tía, ¿eso es una puerta secreta?

Aunque sepa que no, me encanta desarrollar mi imaginación jugando con la suya, creando nuevos mundos, soñando con dinosaurios y extraterrestres, poniendo capas invisibles y escuchando ruidos extraños que nunca suenan en realidad.

-Pues no lo sé, pero creo que sí…por eso está tan bien cerrada. ¿Qué crees que habrá dentro?

Mientras yo le preguntaba, el ya estaba jugando a ser un forzudo tratando de abrirla. Me encanta su rapidez mental, su creatividad y toda la magia que refleja su mirada; cada día es una aventura nueva, un montón de historias que siempre comienzan con un “Había una vez un niño…”. Siempre hay dragones que tiran “juego” por la boca, zombies y monstruos felices. Puertas secretas, como la granate, y luchas de gigantes en las que siempre pierdo yo.

-Pues no lo sé, igual hay un señor dentro intentando abrirla. Igual tiene miedo.

-¿Tu crees?

-Si, porque igual dentro no hay luz…pero bueno, si tiene una linterna no pasa nada, se le irá el miedo.

Sonreí. Es inevitable sonreír estando a su lado. Le revolví el pelo y pensé cómo podía haber vivido 22 años sin él.

-Entonces seguro que estará bien.

En ese momento apartó la mirada de la puerta y me miró con esos ojos marrones enormes, que dentro de unos diez años empezarán a enamorar a todas las niñas del colegio, y me sonrió feliz. Me cogió de la mano y nos fuimos, inventando nuevas historias bajo el sol de Septiembre.

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Al rato, con el café de después de comer, y con los dibujos animados como banda sonora, me puse a pensar en la linterna. Me imaginaba a todas y cada una de las personas atormentadas por sus miedos sosteniendo una linterna cada uno, respirando tranquilos al encenderla, y teniendo a mano pilas nuevas de sobra, por si acaso. Creo que si esto sucediera…no harían falta farolas en todo el mundo de lo iluminadas que estarían las calles.

Y es que todos tenemos miedo. Algunos, como el señor imaginario, le tienen miedo a la oscuridad. Otros le tienen miedo a los bichos, a las alturas, a las tormentas o a los ascensores. Otros le temen a las enfermedades, a enamorarse, a crecer o a fracasar. Algunos tienen miedo al miedo en sí, a perder, a no aprender o a soñar de más. Otros, los más perjudicados, le temen a la propia vida.

“Luchar para vivir la vida, para sufrirla y para gozarla…La vida es maravillosa si no se le tiene miedo” (Charles Chaplin)

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Conforme vamos creciendo, los miedos van cambiando de forma. Durante muchos años, nuestras fobias se centran sólo en nosotros mismos, en lo que nos puede o no nos debe pasar. En nuestras prioridades, hay un claro orden que deja patente la naturaleza egoísta del ser humano. Yo, yo y yo. Como mucho, nos preocupa lo que les pueda pasar a nuestros seres más allegados, pero lo vemos tan lejano que desterramos el pensamiento a los cinco minutos, o al menos yo solía hacerlo.

Ahora ya no, y la cosa dudo que vaya a mejor.

¿Sabéis qué?

Ya lo sabéis, soy una devoradora de blogs, y últimamente, leo muchos post de recientes mamás que desnudan el alma y nos cuentan lo mucho que quieren a sus bebés y lo bonito de la experiencia. Yo no soy mamá, pero de lo que veo a diario, creo entender cada vez mejor la clase de miedo que se tiene al tener algo por lo que darías desde un brazo hasta una pierna, pasando por el corazón y los pulmones. Es una clase de miedo que asusta tanto que da una fuerza sobrehumana capaz de abrir puertas blindadas de una patada; es una clase de miedo por la que partirías montañas o cruzarías un mar a pie si fuera necesario. Es algo inexplicable, un miedo lleno de amor que sólo puede entender alguien que ha dado vida a otro alguien.

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Veréis, yo no soy madre, pero soy tía.

Estos últimos cuatro años, he aprendido a coger el mejor sitio en la puerta del colegio, a cambiar pañales, a inventarme nanas ridículas, a vestir a auténticos pulpos que no dejan de moverse, como leí en ese texto de Gomaespuma hace algún tiempo. A poner termómetros donde no deberían ponerse los termómetros. A saber qué es el Apiretal, y a (casi) lavarme los dientes por error con pomada para culito de bebé. A saberme todas las canciones de los Cantajuegos y a esconderme en armarios en los que no debería meterse un adulto por menudo que sea, de ninguna manera. He aprendido a llorar disimuladamente sin poder evitarlo al verles llorar desconsoladamente, aunque sea porque la tablet no tiene batería o porque los dibujos “no molan”. He aprendido a enseñar a andar, a enseñar a reír, a enseñar a comer. He aprendido más todavía el valor de una hermana, y la importancia del rincón de pensar. He aprendido que no sé combinar vestidos de niña con los zapatos adecuados, y que nunca se debe salir de casa sin chupete y sin agua. He aprendido que es un error que haya un kiosko al lado de cada colegio de este mundo y que los juguetes deberían esconderlos de los escaparates. He aprendido que lo más bonito es conseguir hacerles felices, y que sonrían sin parar.

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He aprendido que no sé qué narices haría sin ellos, porque a riesgo de parecer todo lo contrario, ellos son mi linterna.

Para A y L.

 

Imágenes extraídas de Pinterest

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Escritora, bloguera, adicta a Pinterest y a los espaguettis. Experta en comerme la cabeza, ñoña de manual, algo impulsiva, algo romántica. Lectora empedernida, fan del maíz y la Coca-Cola. Abonada a las noches de tarta y vino. Turismóloga y Community Manager. Empecé a escribir de broma y hoy es mi pasión, mi verdadera vocación. Mi primer libro, "Corazón de fondant" ya está a la venta. Bienvenid@. ¡Gracias por quedarte!

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