Te lo dije.

Te dije que juego al futbolín mucho peor de lo que aparco. Que no es que aparque mal, es sólo que aparco de oído.

Que sí, que sé que no me creerás, pero sólo aparco bien si voy sola. Como cuando aparcas a la primera en un sitio enanísimo y esperas fervientemente que alguien te dé una palmadita en la espalda, y piensas por qué narices no se te habrá ocurrido  instalar una cámara de vídeo en el coche para captar esos momentos y enseñarlos a la familia y amigos en ocasiones especiales con un proyector, para demostrar que no eres tan patética como pareces. Tendré que planteármelo seriamente.

También te dije que no sé cambiar el aceite (que no es que no sepa, es que nunca me ha preocupado lo más mínimo) ni comprobar la presión de las ruedas, ni mucho menos cambiar una. Que nunca he entrado sola en el túnel de lavado, es más, me produce terror quedarme atrapada en medio y que el oxígeno que me quede en el coche vaya decreciendo hasta dejarme tonta de por vida (sí, más aún…). Que sí, que soy exagerada. Eso ya lo sabes.

 Como también sabes que me gusta conducir rápido. Buscar atajos, encontrar el camino corto. Coger las curvas como si fuera por raíles, como diría Julia Roberts en Pretty Woman. Que odio los semáforos en ámbar, me ponen nerviosa, nunca sé si avanzar o parar, algo así como contigo.

¿Te puedo empezar a llamar «semáforo en ámbar»? ¿Cómo lo ves tú?

Sé que Julia lo aprobaría.

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 Sabes que odio que no me vaya la radio. Que conducir sin música es como comer solo en un restaurante, o al menos así lo veo yo. ¿Te lo has planteado así alguna vez? Sé que muy probablemente sí, porque sé que adoras la música, aunque la mía la definas como para cursis y me mires fijamente diciendo «qué música más rara te gusta».

Sabes que la tuya es infinitamente peor, aunque te respeto porque respetas a Ferreiro. Creo que es una de las pocas cosas en común que tenemos. ¿Algo es algo, no?

¿Sabes que me gusta dar conciertos sobre ruedas, aunque cante peor que Phoebe Buffay en el Central Perk? Si no lo sabes, lo sabrás. De hecho, es posible que ya lo sepas, como ya sabes otras muchas cosas.

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 Sabes que lloro con las películas de dibujos animados y hasta con los telediarios. Que siempre pienso cuando miro al suelo. Que me enfado con la misma facilidad que me río. Que no me peino. Y tal. Que me gustan los retos, que lo fácil me aburre. Que soy luchadora, te oí decir.  Que nunca me rindo. Algo así, o algo parecido. Sabes tanto que no sabes nada. Sigues sin saber que me sigues inspirando y que mis dedos sólo teclean rápido si haces de las tuyas desmontando mis esquemas.

Sigues sin saber que algunas veces sé algo que tú no sabes, que callo mucho más de lo que escribo y que hablo mucho menos de lo que debería. Sigues sin saber que ya conocía el comportamiento de las tortugas, que no tienes la exclusiva. No sabes que me he pasado meses observándolas, que ya soy experta en ellas, que no son algo nuevo para mí. Que me aburren soberanamente y que no, no me parecen graciosas. Puede que monas y algo entrañables quizás, pero no, no me hace gracia su lentitud.

Quizás sea porque me gusta la velocidad, o porque no me guste su manera de meter la cabeza en el caparazón. Nunca me gustaron los caparazones, ni las capas, ni las cebollas. ¿Eso lo sabías? Supongo que te lo dije tras ver Shrek aquel día. Esas cosas siempre es mejor que se sepan pronto, como las taras y los traumas, y las locuras transitorias.

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Ahora que ya sabes más, sólo queda todo y lo que podría ser nada.

Nos queda apostar o seguir mirando tortugas, dime tú qué hacemos.

Yo me voy a conducir bien rápido, avísame cuando estés por aquí.

Atentamente,

La chica de los jueves.

Imágenes extraídas de Pinterest.

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