Esos ocho minutos

Ocho minutos es el tiempo que pasa entre metro y metro. Puede ser minuto arriba o minuto abajo, pero por lo general casi siempre son ocho minutos. El miércoles pasado, por culpa de mi optimismo habitual (sí: creo que soy tardona porque confío siempre ciegamente en que no se me hará tarde), perdí uno de esos metros que solía coger semanas atrás, el metro de las tardes. Por un momento, el histerismo se apoderó de mi cuerpo, esa sensación de caos pensando en cómo teletransportarme para no ser impuntual, los nervios previos a la llamada del clásico “me retraso cinco minutos” y el corazón palpitando queriendo saltar y correr más rápido que yo, tardona patológica. Entonces, cuando ya estaba al borde del ataque de ansiedad, recordé que ya no tenía que correr. Me acerqué a la cafetería de la esquina y pedí un cortado para llevar. Respiré. Volví al andén y, cuando llegó mi tren, subí y abrí mi nuevo cuaderno.

Y comencé a escribir sobre lo que valen ocho minutos.

ADREYBLOG

Ocho minutos pueden significar muchas cosas, como por ejemplo dos canciones seguidas, el intervalo entre alarma y alarma, el tiempo de espera de un tren, de un turno o de la preparación de una receta. En ocho minutos puedes terminar de leer un libro, repasar el temario de un examen y aprenderte de memoria algo en particular que te hará ganar o perder —los que acostumbramos a rapiñar cada uno de nuestros segundos, sabemos que incluso ocho míseros minutos pueden significar nuestra salvación—, o en el mejor de los casos, pueden suponer algo mejor. ¿Nunca has pensado que conocer a alguien importante, cumplir un sueño o (hasta) enamorarte, ha sucedido porque has estado en el minuto clave pasando por el sitio indicado a la hora exacta? Ya sé que suena a guión de película, pero si estás leyendo este blog es porque eres un poco peliculera/o, así que tampoco te parecerá raro.

Ocho minutos pueden cambiarlo todo. Hace unos años, cuando empecé a colgar entradas, una de ellas hablaba de lo mismo. Es lo que pasa con estas cosas, que no es que te repitas (que también), es que la vida en sí es tan cíclica, que lo que aprendiste/viviste, siempre se repite como una de esas series que echan en FDF continuamente. Al final todo vuelve, como en la moda. Y ocho minutos te sirven para parar y recordar que, pase lo que pase, siempre te quedarán las mismas preguntas en el aire flotando sin parar. Aunque crezcas, cambies, te tiñas o engordes, siempre seguirás pensando que ese algo pasó por algo, que ese minuto que tardaste o que llegaste antes, cambió algo que varió lo establecido, lo seguro, lo rutinario. Y que tus planes, tus afirmaciones, tus frases cortas y tus nos rotundos, se esfumaron para dejarle sitio a ese maravilloso imprevisto que te cambió por dentro. Ese golpe de suerte que te obligó a cambiar los muebles de sitio y a redecorarlo todo.

Pero todo.

No hace falta mucho más tiempo que el rato que pasa entre metro y metro. A veces todo ocurre en un pestañeo, en un cambio de línea o en un corte de canción. Y abres los ojos, y bajas a la siguiente línea y te quedas quieta escuchando esa nueva canción que empieza a sonar… y creo que en esos breves instantes, encuentras el sentido a toda tu vida.

 Puede que nunca haya tenido tan claro algo como esto que te voy a contar ahora, así que léelo atentamente. Durante muchos años he querido avanzar, adelantar el reloj, correr más deprisa de lo que mis pies y mi corazón me permitían. Siempre con cafés de los de máquina, de esos que ni saboreas porque sólo los tomas como por sistema. Siempre pensando en el futuro, quitándome las horas del presente, esparciéndolas por el suelo, restándoles importancia y valor, como si el tiempo no tuviera ni sentimientos ni memoria, como si me fuera a perdonar tanto desplante. Y no, el tiempo tiene sentimientos y memoria, es un rencoroso y se lo va guardando todo, y cuando queremos que esté, ya no está. Nunca vuelve. Pero eso lo sé ahora que puedo permitirme el lujo de perder el metro.

Durante esos ocho minutos fui feliz. Y me prometí a mi misma que nunca más iría hasta el cuello, que nunca más me exigiría tantísimo, que nunca más pondría en primer lugar cosas que deberían bajar al último escalón.

Porque nada vale tanto como para quitarte, entre tanto agobio y tanto estrés, la sonrisa.

periodico

Y ahora, que respiro mejor y que sé (que he vuelto a saber) lo que valen los minutos, prometo usarlos como es debido, cuidarlos y exprimirlos hasta que se conviertan en horas de las que pasan a la historia. Porque a veces basta con saber lo importantes que son para que se pongan de tu lado y te regalen casualidades, imprevistos, personas de las que te cambian por dentro, magia.

Porque sucede, aunque suene muy peliculero.

Sólo hay que estar atento.

Y esperar al siguiente metro.

M.

Escrito por

Escritora novata, bloguera, adicta a Pinterest y a los espaguettis. Experta en comerme la cabeza, ñoña de manual, algo impulsiva, algo romántica. Lectora empedernida, fan del maíz y la Coca-Cola. Abonada a las noches de tarta y vino. Turismóloga y Community Manager. Empecé a escribir de broma y hoy es mi pasión, mi verdadera vocación. Mi primer libro, "Corazón de fondant" ya está a la venta. Bienvenid@. ¡Gracias por quedarte!

6 comentarios sobre “Esos ocho minutos

  1. Creo q a todos nos pasa algo parecido a lo q cuentas. Por lo menos a mi me pasa. No nos tomamos tiempo ni para respirar. A mi hoy me has convencido para q me tomé un respiro y comparta tu pensamiento y te diga q me gusta. Muchas gracias por tus reflexiones.

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  2. Eres una artista para escribir con palabras todas las rayadas que se nos pasan por la cabeza jeje eres mejor que un libro de autoayuda 😂😂😊😊😊 un besazo y sigue así!

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