Historia de un print

-Nena, no cojas eso, que es de choni. Si no te fías de mí, pregúntale a la chica.

La chica. Todas somos “la chica”.

Cuando escuchas “pregúntale a la chica”, pueden suceder dos cosas:

  •  La primera es que desees esconderte detrás de un pilar o debajo de una mesa, rezando a todos los santos para que “la chica” sea tu compañera, o cualquier ser allí presente, salvo tú, claro (cuentan también seres inanimados, como maniquís o percheros).
  • La segunda es que un sentimiento de amabilidad suprema te invada, y te gires como si la brisa marina te diera en la cara una tarde de verano, como esas modelos de Pantene Pro-V, que levantan huracanes con esos movimientos de melena.

Pero suele pasar que ni lo primero, ni lo segundo. Pones tu mejor cara y dices, como si no hubieras roto un plato en tu vida…

-¿Quería algo?

-Pues…quería preguntarte si…¿qué piensas del leopardo? A mi hija le gusta esa sudadera, pero…¿no la ves de choni?

La palabra choni resuena por toda la sección. Se hace el silencio. Pasa una bola de polvo. De lejos alguien pone cara de terror. Alguien ha mencionado la palabra. La odiosa palabra. ¿En qué momento empezamos a llamar chonis a las garrulas? ¿Fue por una novia de Paquirrín, no?

Uff. El leopardo y yo. Hacía tiempo que no me veía ante una de estas.

-El leopardo. Gran pregunta. Mujer, piensa que todo es según lo lleves. A una chica que no sepa vestir le quedará de choni, a una elegante, obviamente no.

Me doy cuenta de que la chica, jovencita, de unos 16 años, me mira bastante cortada. Las miradas duran microsegundos, van de mis ojos al suelo continuamente. Seguramente estaría pensando en qué narices hacía su madre valorando con una dependienta si su gusto por la ropa era dudoso o no.

Y la miro, intentando que no se sienta observada, ni más incómoda todavía. Va guapa, apunta maneras. Yo a su edad, llevaba ropa indefinible, chandals “del Bershka”, pantalones piratas rosa chicle, vestidos de tela de tenista, palabras de honor de lycra, vaqueros con campana y otros cuantos atentados al buen gusto. Me consuelo pensando que era lo que se llevaba.

El caso es que nunca he sido amiga del leopardo. Quizás en calzado. Poco más.

Me recuerda a los tangas de Rappel.

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Pero claro…bien llevado…

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O tal vez así…

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Nuestros gustos van en función de quién lo lleve puesto. Eso es así. Si este abrigo, por ejemplo, lo llevara Kate Moss, a todas os gustaría. En cambio, si lo llevase “la Michu”, las ventas caerían en picado.

Somos lo que copiamos. O somos lo que vemos. O lo que nos cuentan que debe ser imitado.

Si escucho “leopardo“, me entra grima, pero si oigo por ahí “animal print”, la cosa cambia.

Pero aún así, si mi santa madre me dice que algo no se lleva, y encima comenta la jugada con una dependienta…cambio de opinión ipso facto.

¿Cómo podemos dejarnos influir tanto por la opinión de las madres?

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Digo yo que porque son las que más nos quieren, y las que quieren que vayamos más guapas y estupendas, claro está. Si tu madre te dice que algo no te queda bien, créela, te queda como un tiro.

Una buena amiga también tiene licencia para criticar constructivamente, pero no cualquier mujer al azar. Eso nunca. Tu autoestima, o tus ganas de comprar en su defecto, puede descender en picado dependiendo de la persona que comente.

Cualquiera=No fiable. Buena amiga=puede que sea fiable.

Es como cuando tu abuela te dice que tienes cara de cansada. Ya puedes estar pidiendo hora para la esteticién, la maquilladora, el peluquero, o buscando hueco para visitar a la vírgen de Lourdes, porque amiga, mal arreglo tienes ya.

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Sea como sea, querida amiga de 16 años, no te dejes influir en exceso. Si a ti te gusta el leopardo, cómprate la sudadera. O un vestido. O hasta unas medias si quieres. Ponte lo que te salga de las narices. Porque sólo serás adolescente una vez. Chica una vez. Mujer una vez.

Y hazme caso, la vida es demasiado corta para escuchar tantas opiniones. Viste como quieras, haz lo que quieras. Ten personalidad, rompe las normas.

Veo a diario féminas de todas las edades pidiendo opiniones, comprando tanto como devolviendo, incapaces de ir solas a comprarse una simple camiseta. Y da igual lo guapas que sean, el tipazo que se gasten, o el buen gusto innato que tengan: la inseguridad se palpa en el ambiente. Nunca es suficiente, nunca es perfecto.

Aún estás a tiempo. No seas como nosotras.

Vuelve mañana y cómprala, sé que lo estás deseando.

Y quédate con esto: no mires al suelo, siempre a los ojos.

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Atentamente,

La chica de la sonrisa fácil.

Escrito por

Escritora, bloguera, adicta a Pinterest y a los espaguettis. Experta en comerme la cabeza, ñoña de manual, algo impulsiva, algo romántica. Lectora empedernida, fan del maíz y la Coca-Cola. Abonada a las noches de tarta y vino. Turismóloga y Community Manager. Empecé a escribir de broma y hoy es mi pasión, mi verdadera vocación. Mi primer libro, "Corazón de fondant" ya está a la venta. Bienvenid@. ¡Gracias por quedarte!

7 comentarios sobre “Historia de un print

  1. Hola guapa, qué risa! Entre la Michu y el tanga de Raphel casi me da algo, qué maja eres, qué razón tienes y como me gustaría que cuando fuera a arrasar Zara estuvieses tú ahi para que me contagiases tu buena energia, I love you!

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    1. Pepita!! A mí también me encantaría verte arrasando!! Ayyy, dame tiempo, que tengo ideas entre manos, igual hasta tienes (tenemos) suerte!jajaja

      Casi me pongo tonta (quita el casi) con tu “i love you”, AYY mi Pepa! Ich liebe dich! (también, que aún no sé como se dice…) jajaja

      MUA!

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  2. En el despacho hablamos ayer de como nos manipula la moda, de como una cosa que antes nos encantaba ahora nos horroriza y vice(bershka). jajajaja
    Entiendo a la chica, a mi me pasa lo mismo con el leopardo. Sigo buscando una camisa decente para comprarme que roce el buen gusto!

    “Nunca es suficiente, nunca es perfecto.” ¿quien nos engañaría para que esto en vez de ser un punto a favor, nos juegue en contra?

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